Narnia mismo, les aseguraba que algún día regresarían. Te podrás imaginar que
hablaban mucho de todo eso, cuando tenían la oportunidad.
Estaban en la habitación de Lucía, sentados al borde de su cama y observaban el
cuadro que colgaba en la pared frente a ellos. Era el único de la casa que les gustaba. A
tía Alberta no le gustaba nada (por eso el cuadro había sido relegado a la pequeña pieza
del fondo, en el segundo piso), pero no podía deshacerse de él porque se lo había
regalado para su matrimonio una persona a quien no quería ofender.
Representaba un barco... un barco que navegaba casi en línea recta hacia uno... La
proa era dorada y tallada en forma de una cabeza de dragón con su gran boca abierta;
tenía sólo un mástil y una gran vela cuadrada, de un vivísimo color púrpura. Los
costados del barco, lo que se podía distinguir de ellos al final de las alas doradas del
dragón, eran verdes. El barco acababa de encumbrar sobre la cresta de una imponente
ola azul que, al reventar, casi se te venía encima, llena de brillos y burbujas.
Obviamente, el barco avanzaba muy veloz impulsado por un alegre viento, inclinándose
levemente a babor. (A propósito, si van a leer esta historia y si aún no lo saben, métanse
bien en la cabeza que en un barco, mirando hacia adelante, el lado izquierdo es babor y
el derecho, estribor.) Toda la luz del sol bañaba ese lado de la nave, y allí el agua se
llenaba de verdes y morados. A estribor, el agua era de un azul más oscuro debido a la
sombra del barco.
--Me pregunto --comentó Edmundo-- si no será peor mirar un barco de Narnia
cuando uno no puede ir allí.
--Incluso mirar es mejor que nada --señaló Lucía--, y la verdad es que ese es un
barco típico de Narnia.
--¿Siguen con su viejo jueguito? --preguntó Eustaquio Clarence, que había
estado escuchando tras la puerta, y entraba ahora en la habitación con una sonrisa
burlona.
Durante su estada con los Pevensie el año anterior, se las arregló para escuchar
cuando hablaban de Narnia y le encantaba tomarles el pelo. Por supuesto que pensaba
que todo esto era una mera invención de sus primos, y como él era incapaz de inventar
algo por sí mismo, no lo aprobaba.
--Nadie te necesita aquí --le dijo fríamente Edmundo.
--Estoy tratando de hacer un verso --dijo Eustaquio--, algo más o menos así:
"Por inventar juegos sobre Narnia, algunos niños están cada vez más chiflados".
--Bueno, para comenzar, Narnia y chiflado no riman en lo más mínimo --dijo
Lucía.
--Es una asonancia --contestó Eustaquio.
--No le preguntes lo que es una aso-cómo-se-llama --pidió Edmundo--. Lo
único que quiere es que se le pregunten cosas. No le digas nada y a lo mejor se va.
Frente a tal acogida, la mayoría de los niños se habría mandado cambiar o, por lo
menos, se habría enojado; pero Eustaquio no hizo ni lo uno ni lo otro, sino que se quedó
allí dando vueltas, con una mueca burlesca, y en seguida comenzó nuevamente a hablar.
--¿Les gusta ese cuadro? --preguntó.
--¡Por el amor de Dios! No lo dejes que se ponga a hablar de arte y todas esas
cosas --se apresuró a decir Edmundo.
Pero Lucía, que era muy sincera, ya había dicho que a ella sí le gustaba y mucho.
--Es un cuadro pésimo --opinó Eustaquio.
--No lo verías si te vas para afuera --dijo Edmundo.
--¿Por qué te gusta? --preguntó Eustaquio a Lucía.
--Bueno, por una razón muy simple --respondió Lucía--: realmente el barco
parece moverse. Y el agua se ve como si estuviera en verdad mojada. Y las olas se ven

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