La mayoría de nosotros sabe qué podemos encontrar en la guarida de un dragón,
pero, como ya dije antes, Eustaquio había leído sólo los libros inadecuados en los que se
hablaba mucho de exportaciones e importaciones, gobiernos y pérdidas financieras, pero
eran muy deficientes en materia de dragones. Es por eso que estaba muy desconcertado
con respecto a la superficie en la que descansaba. Había algunas cosas que eran
demasiado espinosas para ser piedras y demasiado duras para ser espinas, y parecía
haber una gran cantidad de cosas redondas y planas que tintineaban cuando él se movía.
Por la boca de la cueva entraba luz suficiente para examinar lo que allí había. Eustaquio
encontró lo que cualquiera de nosotros le podría haber dicho de antemano: un tesoro.
Había coronas (esas eran las cosas espinudas), monedas, anillos, pulseras, lingotes,
copas, platos y piedras preciosas.
Eustaquio, al revés de la mayoría de los niños, nunca había pensado mucho en
tesoros, pero vio de inmediato lo útil que serían en este nuevo mundo al que había
llegado sin querer en forma tan tonta, a través de un cuadro del dormitorio de Lucía.
"Aquí no existen los impuestos", se dijo, "y no tienes que darle el tesoro al
gobierno. Con unas pocas cosas de éstas podría pasarlo bastante bien aquí, tal vez en
Calormania. Esto parece ser lo menos falso de estas tierras. ¿Cuánto seré capaz de
llevar? Veamos... esta pulsera (probablemente estas cosas que tiene sean brillantes), me
la pondré disimuladamente en la muñeca. Es demasiado grande, pero no si me la corro
para acá, arriba del codo. Ahora me lleno los bolsillos con diamantes (es más fácil que
el oro). ¿Cuándo irá a aflojar esta maldita lluvia?"
Eustaquio se puso en un lugar menos incómodo en el montón de joyas, donde
había casi puras monedas, y se instaló a esperar. Pero un buen susto, cuando ya ha
pasado, especialmente un buen susto después de una caminata por las montañas, te deja
agotado. Eustaquio se quedó dormido.
Mientras él dormía profundamente y roncaba, los otros habían terminado de
comer y estaban sumamente alarmados por él.
--¡Eustaquio, Eustaquio! ¡Oye! --gritaron hasta quedar roncos. Caspian hizo
sonar su cuerno.
--No está por aquí cerca, o ya nos habría oído --dijo Lucía muy pálida.
--¡Maldito sea! --exclamó Edmundo--. ¿Por qué diablos querría escabullirse de
esta manera?
--Pero tenemos que hacer algo --dijo Lucía--. Puede haberse perdido, o caído a
un hoyo, o quizás fue capturado por los salvajes.
--O lo mató algún animal salvaje --dijo Drinian.
--Y un buen alivio si así fuese, ya lo creo --murmuró Rins.
--Capitán Rins --dijo Rípichip--, jamás dijiste algo que te siente menos. La
criatura no es amiga mía, pero tiene la misma sangre de la reina y, mientras sea uno de
los nuestros, es asunto de honor encontrarlo, y vengarlo si es que está muerto.
--Por supuesto que tenemos que encontrarlo, si podemos --dijo Caspian, en tono
cansado--. Esa es la lata del asunto. Significa una cuadrilla de búsqueda y problemas
sin fin. ¡Que molestia este Eustaquio!
Entretanto, Eustaquio dormía y dormía. Lo despertó un dolor en un brazo. La luna
brillaba a la entrada de la boca de la cueva y la cama de joyas parecía haberse vuelto
mucho más cómoda. De hecho, Eustaquio apenas la notaba. En un principio se sintió
intrigado por el dolor de su brazo, pero pronto pensó que era la pulsera que él había
subido hasta el codo, que ahora le apretaba en una forma extraña. Seguramente se le
había hinchado el brazo mientras dormía (era su brazo izquierdo).
Movió su brazo derecho para tocarse el izquierdo, pero se detuvo antes de
moverlo unos milímetros, y se mordió los labios aterrado. Porque justo frente a él, un

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