envolviendo las piedras, partiéndolas, quebrándolas, separándolas. Las murallas del
puente se transformaron por un momento en cercos de espinos de vivos colores, para
luego desaparecer mientras el resto del puente retumbaba y se derrumbaba,
hundiéndose velozmente en las turbulentas aguas. Entre chapoteos, estridentes gritos
y risas, el alegre grupo vadeó, o nadó, o bailó cruzando el vado ("¡Bravo! ¡He aquí
los Vados de Beruna otra vez!", gritaron las niñas), y todos treparon la ribera del
otro lado y entraron al pueblo.
Por las calles, la gente huía al verlos. La primera casa a la que llegaron era una
escuela; una escuela para niñas, donde una cantidad de pequeñas Narnianas, con sus
cabellos muy tiesos y unas horribles golillas alrededor del cuello y unas medias tan
gruesas que les hacían cosquillas en las piernas, asistían a su clase de historia. La
"historia" que se enseñaba en Narnia bajo el reinado de Miraz era más aburrida que
la historia más verídica que hayas leído jamás, y menos auténtica que la más
emocionante historieta de aventuras.
--Si no prestas atención, Güendolina --dijo la maestra--, y no dejas de mirar
por esa ventana, tendré que ponerte una anotación por mala conducta.
--Pero, por favor, señorita Prizzle --comentó Güendolina.
--¿No has oído lo que dije, Güendolina? --preguntó la señorita Prizzle.
--Pero, por favor, señorita Prizzle --repitió la niña--, hay un LEON allí.
--Dos anotaciones por decir disparates --dijo la señorita Prizzle--. Y ahora...
Un rugido la interrumpió. La hiedra penetró abrazándose a las ventanas de la
sala de clases. Las paredes se convirtieron en una masa de un verde rutilante, y las
ramas cuajadas de hojas formaron un arco donde antes estuvo el techo. La señorita
Prizzle se encontró de pie sobre el pasto en un claro del bosque. Trató de agarrarse a
su escritorio para sostenerse, pero su escritorio era ahora un rosal. Seres salvajes
como jamás hubiera imaginado que existían se apiñaban en torno a ella. De pronto
vio al León, dio un grito y salió disparada, y con ella escaparon sus alumnas, que
eran casi todas unas niñitas regordetas, de piernas gordas y muy recatadas.
Güendolina vacilaba.
--¿Quieres quedarte con nosotros, querida? --preguntó Aslan.
--Oh, ¿puedo quedarme? Gracias, gracias --dijo Güendolina. Juntó sus manos
con las de dos bacantes que la llevaron girando en una alegre danza y la ayudaron a
quitarse algunos de sus inútiles e incómodos ropajes.
Siempre ocurría lo mismo en ese pueblecito de Beruna. La mayoría de la gente
arrancaba, unos pocos se les unían. Cuando abandonaron el pueblo, formaban un
grupo más numeroso y más alegre.
Recorrieron los campos de la ribera norte, o ribera izquierda, del río. De todas
las granjas los animales salían para unirse a ellos. Viejos y tristes asnos que jamás
habían conocido la alegría se sentían rejuvenecer; perros encadenados rompían sus
ataduras; los caballos pateaban sus carretones y trotaban hacia ellos --clop, clop--
haciendo saltar el barro y relinchando de placer.
En un patio, junto a un pozo, un hombre golpeaba a un niño. De pronto, el palo
floreció en la mano del hombre. Trató de soltarlo, pero se pegó a su mano. Su brazo
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