todavía muy grandes allí, pero el río había formado un profundo cauce entre las altas
y musgosas riberas. Esto permitía que, agachándose un poco, uno pudiera seguir su
curso a través de una especie de túnel de hojas. Se arrodillaron en la primera poza de
color pardo barroso, donde la brisa levantaba una infinidad de olitas sobre el agua, y
bebieron y bebieron, hundiendo sus caras en ella, y luego hundieron también sus
brazos hasta el codo.
--¿Y si ahora comiéramos esos sandwiches? --preguntó Edmundo.
--¿No sería mejor guardarlos? --acotó Susana--. Tal vez más tarde los
necesitemos mucho más.
--Yo quisiera --dijo Lucía-- que ahora que no tenemos sed, pudiéramos
sentir que no estamos hambrientos, como hicimos cuando sí teníamos sed.
--Pero ¿qué hacemos con esos sandwiches? --insistió Edmundo--. No vale la
pena guardarlos hasta que se echen a perder. Acuérdense de que aquí es más
caluroso que en Inglaterra y que los hemos tenido en los bolsillos durante horas.
Entonces sacaron los dos paquetes y repartieron los sandwiches en cuatro
porciones, lo que no fue suficiente para ninguno, pero de todos modos era mucho
mejor que no comer nada. Luego hablaron de sus planes para la próxima comida.
Lucía quería volver al mar y recoger camarones, hasta que alguien advirtió que no
tenían redes. Edmundo dijo que debían recoger huevos de gaviota entre las rocas,
pero cuando se pusieron a pensar, nadie recordaba haber visto un huevo de gaviota y
tampoco hubieran sido capaces de cocerlos si es que encontraban alguno. Pedro
pensó para sí mismo que, a menos que tuvieran un golpe de suerte, pronto se
contentarían con comer huevos crudos, pero le pareció mejor no decirlo en voz alta.
Susana dijo que era una pena haber comido los sandwiches tan pronto. Para
entonces, uno o dos estaban ya muy cerca de perder la paciencia. Finalmente,
Edmundo dijo:
--Miren, sólo hay una cosa que podemos hacer. Tenemos que explorar el
bosque. Los ermitaños, los caballeros andantes y la gente como ellos siempre se las
ingenian para sobrevivir cuando están en un bosque. Comen raíces y bayas, y otras
cosas.
--¿Qué clase de raíces? --preguntó Susana.
--Siempre pensé que se trataba de raíces de árboles --respondió Lucía.
--Vamos --dijo Pedro--, Edmundo tiene razón y hay que tratar de hacer algo.
Cualquiera cosa será mejor que volver a pleno sol y a ese resplandor tan intenso.
Se levantaron, pues, y comenzaron a remontar la corriente del río. Era una
senda bastante difícil. Tenían que agacharse bajo algunas ramas o subirse sobre
otras. Anduvieron a tropezones entre grandes macizos de plantas parecidas a los
rododendros, rasgaron sus ropas y se mojaron los pies en el agua; y aún no se
escuchaba un solo ruido, excepto el del río y el que ellos mismos hacían. Empezaban
a sentir un gran cansancio, cuando llegó hasta ellos un delicioso olor y, en seguida,
un destello de brillante color se hizo visible arriba, sobre la ribera derecha.
--¡Miren! --exclamó Lucía--, creo que es un manzano. Y lo era. Acezando
treparon la empinada ribera, atravesaron unas zarzas y llegaron al pie de un viejo

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