--Entonces, comience un nuevo párrafo --dijo Pedro--. "Para evitar el
derramamiento de sangre, y para eludir todos los problemas que probablemente
pueden derivarse de las guerras que se libran actualmente en el reino de Narnia, es
nuestra voluntad arriesgar nuestra real persona en favor de nuestro leal y bienamado
Caspian en una limpia prueba de duelo a fin de probar ante las huestes de vuestra
Señoría que el mencionado Caspian es el legítimo Rey de Narnia bajo nosotros,
tanto por nuestra voluntad como por las leyes de los Telmarinos, y que vuestra
Señoría es culpable de doble traición por arrebatar la soberanía de Narnia de las
manos del dicho Caspian, y por el abhominable --no olvide escribirlo con h,
doctor-- sangriento e inhumano asesinato de vuestro buen señor y hermano,
llamado el Rey Caspian Noveno. Por tal motivo, gustosamente procedo a provocar,
retar y desafiar a vuestra Señoría a combate singular y hago llegar estas cartas en
mano de nuestro amado y real hermano Edmundo, en otros tiempos Rey bajo
nosotros en Narnia, Duque del Páramo del Farol y Conde de las Fronteras
Occidentales, Caballero de la Noble Orden de la Mesa, a quien hemos otorgado
pleno poder para determinar con vuestra Señoría las condiciones del referido
combate. Dado en nuestros aposentos en el Monumento de Aslan, este día doce del
mes de Cieloverde en el primer año de Caspian Décimo de Narnia".
--Eso bastará --dijo Pedro, con un hondo suspiro--. Tenemos que enviar dos
personas más con Edmundo. Creo que aquel Gigante debería ser uno de los
acompañantes.
--Mira, él no..., él no es muy inteligente --murmuró Caspian.
--Claro que no --admitió Pedro--. Pero cualquier gigante es impresionante,
aunque no haga nada. Además, eso lo animará. Y ¿quién sería el otro?
--¡Por mi honor! --dijo Trumpkin--, si quieres alguien que pueda matar con
su sola presencia, Rípichip es el indicado.
--No lo dudo, a juzgar por lo que he oído --rió Pedro--. Si fuera sólo un
poquito más grande. ¡Nadie lo vería hasta que estuviese cerca!
--Envía a Vendaval, señor --aconsejó Cazatrufas--. Nadie se ríe de un
Centauro.
Una hora más tarde, mientras se paseaban entre sus líneas y hurgaban sus
dientes después del desayuno, dos grandes señores del ejército de Miraz, Lord
Glózel y Lord Sopespian, vieron avanzar desde el bosque al Centauro y al Gigante
Rompetiempo, a quienes habían visto antes en la batalla, y entre ellos una persona
que no conocían. En verdad, los amigos de Edmundo tampoco lo reconocerían
ahora. Porque Aslan le había infundido su aliento durante su encuentro y un aire de
grandeza se desprendía de él.
--¿Qué pasa? --preguntó Lord Glózel--. ¿Un ataque? --Más bien un
parlamento --dijo Sopespian--. Mira, traen ramas verdes. Seguramente vienen a
rendirse.
--El que camina entre el Centauro y el Gigante no tiene cara de venir a
rendirse --dijo Glózel--. ¿Quién puede ser? No es el niño Caspian.
--Por supuesto que no --afirmó Sopespian--. Ese es un guerrero feroz, te lo

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