caminamos por la playa, seguramente los encontraremos.
Volvieron por la orilla del mar, primero cruzando la arena suave y húmeda y
luego, más arriba, la arena seca y desmigajada que se pega en los dedos de los pies,
y allí empezaron a ponerse los zapatos y calcetines. Edmundo y Lucía querían
dejarlos y seguir explorando sin zapatos, pero Susana les dijo que sería una locura.
--A lo mejor nunca más los encontramos --señaló--, y los necesitaremos si
estamos aún aquí cuando llegue la noche y empiece a hacer frío.
Una vez calzados, caminaron por la playa, con el mar a la izquierda y el
bosque a la derecha. Había una gran quietud en el paraje, quebrada sólo por el paso
fugaz de alguna gaviota. El bosque era tan espeso y enmarañado que casi no se veía
a través de él; nada se movía adentro, ni un pájaro, ni siquiera un insecto.
Las conchas, las algas marinas, las anémonas o los pequeños cangrejos
escondidos entre las rocas son muy hermosos, pero uno se cansa pronto de ellos si
tiene mucha sed. Susana y Lucía tenían que llevar consigo sus impermeables.
Edmundo había dejado su abrigo en el banco de la estación, justo antes de que la
magia los sorprendiera, y se turnaba con Pedro para llevar el pesado abrigo de éste.
De pronto la playa comenzó a desviarse hacia la derecha. Como un cuarto de
hora después, cuando habían atravesado un arrecife rocoso que terminaba en una
punta, hizo una pronunciada curva. Ahora daban la espalda a aquella parte del mar
adonde llegaron al salir del bosque y, mirando hacia adelante, más allá del agua,
podían ver otra playa rodeada también de tupidos bosques.
--Me pregunto si esa playa pertenece a una isla o si nos estamos acercando a
ella --dijo Lucía.
--No lo sé --repuso Pedro, y continuaron caminando pesadamente y en
silencio.
La playa en que se hallaban se acercaba más y más a la otra y cada vez que
cambiaban de dirección en una punta, los niños esperaban llegar al lugar donde
ambas se unieran. Pero sufrieron una desilusión.
Anduvieron hasta unas rocas, las escalaron y desde allí pudieron tener una
perspectiva bastante más amplia.
--¡Qué fregar! --dijo Edmundo--; no hay nada que hacer. No podremos
llegar a esos bosques de enfrente. ¡Estamos en una isla!
Y así era. Aquí el canal que los separaba de la otra orilla era de sólo unos
treinta o cuarenta metros de ancho; pero se dieron cuenta de que éste era su punto
más angosto. Después, la playa en que se encontraban doblaba a la derecha
nuevamente, y se veía el mar abierto entre ésta y el continente. Era evidente que
habían avanzado hasta más allá de la mitad alrededor de la isla.
--¡Miren! --dijo Lucía de pronto--. ¿Qué es eso? --y señaló algo largo y
plateado, semejante a una serpiente tendida sobre la playa.
--¡Un río, un río! --gritaron los demás y, pese al cansancio que sentían,
bajaron con gran alboroto desde las rocas y corrieron hacia el agua fresca. Sabían
que estaría más pura para beberla más arriba, lejos de la playa; por eso siguieron
caminando hacia el lugar desde donde la corriente salía del bosque. Los árboles eran

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