Narnia, relucía como una pequeña luna. Aslan, que se veía más grande que antes,
levantó la cabeza, sacudió su melena y rugió.
El sonido, en un comienzo profundo y vibrante como un órgano que ataca una
nota baja, creció y se hizo más y más fuerte, hasta que la tierra y el aire temblaron
con él. Subió desde esa colina y voló a través de Narnia. Abajo, en el campamento
de Miraz, los hombres despertaron, se miraron con espanto y empuñaron sus armas.
Más abajo aún, en el Gran Río que estaba en su hora de mayor frío, las cabezas y
hombros de las ninfas y la enorme cabeza del dios-río, con sus barbas cubiertas de
malezas, emergieron de las aguas. Más atrás, en todos los campos y en los bosques
las orejas alertas de los conejos se asomaron a la entrada de sus cuevas; las
somnolientas cabezas de los pájaros salieron de entre sus alas; los búhos ulularon;
las raposas ladraron; los puercos espines gruñeron; los árboles se estremecieron. En
los pueblos y villorrios las madres apretaron a sus hijos contra su pecho, con mirada
de temor; los perros gimieron y los hombres se levantaron de un salto en busca de
luces. En la lejanía, en la frontera norte, los gigantes de las montañas aguzaron la
vista desde los oscuros portones de sus castillos.
Lucía y Susana vieron algo oscuro que venía hacia ellas desde todas las
direcciones atravesando las colinas. En un principio pareció ser una densa niebla
arrastrándose sobre el suelo, luego las tempestuosas olas de un negro mar
elevándose cada vez más alto a medida que se acercaba, y de pronto, por fin se vio
como lo que era en realidad: el bosque en movimiento. Parecía que todos los árboles
del mundo corrían hacia Aslan. Pero al aproximarse no parecían árboles, y cuando
toda la multitud, inclinándose y haciendo reverencias y agitando sus delgados y
largos brazos hacia Aslan, rodeó a Lucía, ella pudo ver que era una multitud de
figuras humanas. Pálidas niñas-abedul sacudían sus cabezas; mujeres-sauce
apartaban sus cabellos de sus caras meditabundas para contemplar a Aslan; las
majestuosas hayas permanecían quietas y lo adoraban; toscos hombres-roble;
esbeltos y melancólicos olmos; acebos de cabezas desgreñadas (ellos muy oscuros,
pero sus esposas brillando con sus bayas), y alegres serbales, todos hacían sus
reverencias y se alzaban clamando "Aslan, Aslan" con sus diversas voces, roncas,
rechinantes o cadenciosas como las olas del mar.
La muchedumbre y las danzas alrededor de Aslan (porque se había iniciado la
danza una vez más) aumentaron tanto y en forma tan rápida que Lucía estaba
confundida. No vio de dónde llegaban otras gentes que hacían cabriolas entre los
árboles. Había un joven vestido sólo con una piel de cervato, con pámpanos
entretejidos en su rizado cabello. Su cara podría ser demasiado bella para un niño, si
no tuviera un aire tan extremadamente salvaje. Al mirarlo se sentía lo que dijo
Edmundo cuando lo conoció unos días más tarde: "Es un tipo capaz de hacer
cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa". Parecía tener diferentes nombres,
Bromios, Bassareus, y el Carnero eran tres de ellos. Había una gran cantidad de
niñas con él, igualmente salvajes. Había también, inesperadamente, alguien montado
en un asno. Y todos reían; y todos gritaban: "Euan, euan, eu-oi-oi-oi".
--¿Es un juego, Aslan? --gritó el joven.

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