--A mí también --dijo Lucía--. ¡Oh, no puedo soportar más!
--Rápido --gritó Edmundo--. Tómense todos de las manos y no se separen.
Esto es magia, yo la siento. ¡Apúrense!
--Sí --dijo Susana--. Tomémonos de las manos. ¡Oh, cómo quisiera que todo
esto terminara... oh!
En ese mismo momento el equipaje, el banco, el andén y la estación
desaparecieron. Los cuatro niños, tomados de la mano y jadeantes, se encontraron en
un lugar emboscado, tan emboscado que las ramas los envolvían y casi no quedaba
espacio para moverse. Se frotaron los ojos y respiraron profundamente.
--Oh, Pedro --exclamó Lucía--. ¿Crees que habremos vuelto a Narnia?
--Este podría ser cualquier lugar --dijo Pedro--. Con todos estos árboles no
puedo ver a un metro de distancia. Tratemos de salir al campo abierto..., si es que
existe un campo abierto.
Con alguna dificultad, y con algunas picaduras de ortigas y rasmilladuras de
espinas, se abrieron paso con gran esfuerzo hasta salir de la espesura. Entonces
recibieron otra sorpresa. Allí estaba mucho más claro; a pocos pasos se encontraron
en el límite del bosque y, más abajo, vieron una arenosa playa. A escasos metros, un
mar muy tranquilo bañaba la arena con olas tan pequeñas que casi no hacían ruido.
No se veía tierra alrededor ni nubes en el cielo. El sol estaba aproximadamente
donde debe estar a las diez de la mañana, y el mar era de un azul deslumbrante.
Todos se quedaron quietos aspirando el aroma del mar.
--¡Por Dios! ¡Qué bien se está aquí! --exclamó Pedro.
Cinco minutos más tarde, todos estaban descalzos y se mojaban los pies en el
agua fría y clara.
--¡Esto es mejor que ir en un aburrido tren de vuelta al latín y al francés y al
álgebra! --exclamó Edmundo. Y durante un largo rato no hablaron; sólo
chapotearon en el mar y buscaron camarones y cangrejos.
--Bueno --dijo Susana al cabo de un tiempo--, creo que deberíamos hacer
algunos planes. Dentro de poco tendremos ganas de comer algo.
--Tenemos los sandwiches que nos dio mamá para el viaje --dijo Edmundo--
. Por lo menos, yo tengo los míos.
--Yo no --apuntó Lucía--, los míos quedaron en mi maletín.
--También los míos --dijo Susana.
--Los míos están en el bolsillo de mi abrigo, allá en la playa --agregó Pedro--.
Tendremos entonces dos almuerzos para cuatro, lo que no será muy divertido.
--Por ahora tengo más sed que ganas de comer --dijo Lucía.
Todos los demás también se sintieron sedientos, como ocurre siempre después
de chapotear en el agua salada bajo un sol ardiente.
--Es como si hubiéramos naufragado --hizo notar Edmundo--. En los libros
los náufragos suelen encontrar manantiales de agua clara y fresca en las islas. Lo
mejor es que vayamos a buscarlos.
--¿Quieres decir que volveremos a ese bosque espeso? --preguntó Lucía.
--No --dijo Pedro--. Si hay ríos, tienen que venir bajando hacia el mar, y si
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