manzanas, con carne en lugar de masa, bastante más gruesa, claro está; lo traspasó
con un palo puntiagudo y lo puso a asar. La carne se impregnó del jugo de la
manzana, como un asado de cerdo con salsa de manzana. Un oso que se haya
alimentado por mucho tiempo de la carne de otros animales, no sabe muy bien; pero
un oso que ha comido mucha miel y frutas es excelente; y éste resultó ser de esos
últimos. La cena estuvo verdaderamente exquisita. Y, como no había que lavar
platos, pudieron tenderse, contemplar el humo de la pipa de Trumpkin, estirar sus
piernas cansadas y conversar. Veían con optimismo la posibilidad de encontrar al
Rey Caspian al día siguiente y derrotar a Miraz en unos pocos días. Sus esperanzas
no tenían gran fundamento, pero así lo sentían.
Pronto fueron durmiéndose uno tras otro.
Lucía despertó del sueño más profundo que puedas imaginar con la sensación
de que la voz más querida para ella en todo el mundo la estaba llamando por su
nombre. Pensó al principio que era la voz de su padre, pero no era. Luego pensó que
era la de Pedro, pero tampoco era su voz. No quería levantarse; no por el cansancio,
porque, por el contrario, se sentía maravillosamente descansada y todos sus dolores
de huesos habían desaparecido, sino porque se sentía tan feliz y cómoda. Miraba la
luna de Narnia, que es más grande que la nuestra, y el cielo estrellado; el
campamento estaba instalado en un lugar bastante despejado.
"Lucía", se escuchó el llamado nuevamente; no era la voz de su padre ni la de
Pedro. Se sentó, temblando de emoción, sin miedo. La luna brillaba con tal
intensidad que el paisaje del bosque a su alrededor estaba claro como a la luz del
día, aunque su aspecto era más salvaje. Atrás estaba el bosquecillo de abetos; a lo
lejos, a su derecha, las desiguales cumbres de los precipicios en la ladera más
apartada de la quebrada; frente a ella, un prado de pasto se extendía hasta la entrada
de un claro en el bosque, a la distancia de un tiro de arco. Lucía contempló fijamente
los árboles del claro.
"¡Vaya! Creo que se están moviendo --se dijo--. Se están paseando".
Se levantó, sintiendo su corazón latir locamente y se encaminó hacia ellos.
Había ciertamente un ruido en el claro, un ruido como el que hacen los árboles en
días de fuerte viento, a pesar de que esa noche no había viento. Mas tampoco era
exactamente el ruido usual de los árboles. A Lucía le pareció escuchar una melodía
en ese ruido, pero no podía captarla, como tampoco pudo captar las palabras de los
árboles cuando casi le hablaron la noche anterior. Pero había, al menos, un ritmo; a
medida que se acercaba, sentía que sus pies querían bailar. Ahora ya no cabía duda
de que los árboles se estaban moviendo, balanceándose entre ellos, en una especie
de complicada danza campestre. ("Supongo --pensó Lucía-- que si la bailan los
árboles, ésta debe ser una danza verdaderamente campestre"). Se encontraba ya en
medio de ellos.
El primer árbol al que miró le pareció a primera vista no un árbol sino un
hombre inmenso de hirsuta barba, con una espesa mata de pelo. No tuvo miedo, ella
estaba habituada a estas cosas. Pero cuando volvió a mirarlo, era solamente un árbol,
aunque aún se estaba moviendo. No habría podido distinguir si tenía pies o raíces,
|
|