IX LO QUE VIO LUCIA
Antes de rodear el último cabo y comenzar a remontar el Cristalino, Susana y los
niños se sintieron tremendamente cansados de tanto remar. Lucía tenía dolor de
cabeza por las largas horas al sol y el reflejo de éste en el agua. El mismo Trumpkin
ansiaba que el viaje terminara pronto; iba sentado sobre un banco hecho para
hombres, no para Enanos, y sus pies no alcanzaban a tocar el piso; todos sabemos lo
incómoda que es esta posición aun por unos pocos minutos. Y a medida que se
sentían más cansados, más decaía su ánimo. Hasta entonces, los niños habían
pensado únicamente en la idea de reunirse con Caspian. Ahora se preguntaban qué
harían cuando estuviesen frente a él; y dudaban de que un puñado de Enanos y
criaturas de los bosques pudiera derrotar a un ejército de hombres adultos.
Lentamente caía el crepúsculo mientras remaban entre los recodos del Arroyo
Cristalino; un crepúsculo que se hacía más intenso a medida que las riberas se
acercaban y que las copas de los árboles que colgaban de ellas casi se juntaban
encima de sus cabezas. Una gran quietud se adueñaba del paraje mientras el rumor
del mar moría a sus espaldas; podían oír hasta el suave canto de las gotas de los
arroyuelos que bajaban de los montes a verter sus aguas en el Cristalino.
Cuando al fin pudieron desembarcar, era tal el cansancio que no tuvieron
fuerzas para encender un fuego, y hasta una cena de manzanas (a pesar de que no
querían volver a ver una manzana nunca más en su vida) les pareció mejor que tratar
de cazar o pescar algo. Luego de una silenciosa y frugal cena, se amontonaron bajo
cuatro frondosas hayas, teniendo como lecho el verde musgo y las hojas secas.
Se quedaron dormidos en el acto, a excepción de Lucía, quien, como no estaba
tan cansada como los demás, tuvo dificultades para acomodarse. Había olvidado,
hasta ese momento, que los Enanos roncan. Sabía que la mejor manera de quedarse
dormida es no forzarse, así que abrió los ojos. A través de las hojas de los helechos y
de las ramas de los arbustos alcanzaba a ver justo un pedazo del agua del Arroyo, y
arriba, el cielo. Con la emoción del recuerdo, volvió a ver titilar, después de tantos
años, las fulgurantes estrellas de Narnia. En otra época le fueron más familiares que
las estrellas de su propio mundo, puesto que se iba a la cama mucho más tarde
siendo Reina en Narnia que siendo una niña en Inglaterra. Y allí estaban; al menos
las tres constelaciones del verano podían distinguirse claramente desde donde ella
estaba tendida: la Nave, el Martillo y el Leopardo. "Mi querido Leopardo", dijo con
alegría para sus adentros.
En vez de conseguir amodorrarse, se sentía cada vez más despierta, en medio
de un extraño desvelo nocturnal, como en un ensueño. El Arroyo se tornaba poco a
poco más radiante. Supo que había salido la luna, aunque no podía verla. Tuvo la
sensación de que todo el bosque despertaba junto con ella. Casi sin darse cuenta, se
levantó y caminó algunos pasos, alejándose del campamento.
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