entrada hacia el interior. Adentro, los túneles formaban un perfecto laberinto hasta
que llegabas a conocerlos bien; estaban revestidos y techados con piedras pulidas, y
sobre ellas, mirando con mucha atención a la luz crepuscular, Caspian distinguió
extrañas leyendas e intrincados diseños y grabados, en que la figura de un León se
repetía una y otra vez. Todo aquello parecía pertenecer a una Narnia aún más
antigua que la Narnia de las historias que contaba su niñera.
Fue después de haber instalado sus cuarteles dentro y alrededor del
Monumento que la suerte comenzó a volverse en su contra. Los emisarios del Rey
Miraz descubrieron el nuevo refugio y el propio Rey al frente de su ejército llegó
hasta el borde del bosque. Y, como sucede a menudo, las fuerzas del enemigo
resultaron ser superiores a lo que habían calculado. Caspian sintió que se le helaba la
sangre en las venas al ver acercarse compañía tras compañía. Y si los hombres de
Miraz tenían miedo de penetrar en el bosque, mucho más miedo tenían de Miraz y
con él a la cabeza se adentraron combatiendo, llegando hasta el Monumento mismo.
Caspian y otros capitanes llevaron a cabo varias incursiones a campo abierto, de
modo que hubo combates casi todos los días y a veces también en las noches; pero la
gente de Caspian llevaba siempre la peor parte.
Finalmente llegó una noche en que todo había salido muy mal, y la lluvia que
cayó copiosamente todo el día había cesado al anochecer sólo para dar paso a un frío
intenso. Esa mañana Caspian había planeado la que sería su batalla más importante y
todos cifraban sus esperanzas en ella. El y la mayor parte de los Enanos debían caer
al amanecer sobre el ala derecha del ejército del Rey, y luego, en pleno combate, el
Gigante Rompetiempo con los Centauros y algunas de las bestias más feroces debían
atacar desde otro lugar y tratar de aislar el flanco derecho del Rey del resto de sus
tropas. Pero todo había fracasado. Nadie advirtió a Caspian (porque nadie lo recordó
en esos últimos días en Narnia) que los gigantes no son nada de listos. Pobre
Rompetiempo, a pesar de ser bravo como un león, era en otros aspectos un típico
gigante. No atacó a la hora convenida y lo hizo desde otro sitio, por lo que tanto su
bando como el de Caspian sufrieron considerables bajas y, en cambio, no lograron
hacer gran daño en las filas enemigas. La mayoría de los Osos resultaron con serias
lesiones; un centauro fue herido gravemente, y en la compañía de Caspian no hubo
quién no vertiera su sangre en la batalla. Fue un grupo de seres desalentados el que
se amontonó bajo unos árboles que goteaban lluvia para comer su modesta cena.
El más deprimido era el Gigante Rompetiempo. Sabía que la derrota era culpa
suya. Se sentó en silencio, derramando enormes lágrimas que se juntaban en la punta
de su nariz y luego caían, salpicando a todo el campamento de los Ratones, que
recién lograban sentirse abrigados y se disponían a dormir. Dieron un salto,
sobresaltados, y sacudiendo el agua de sus orejas y estrujando sus mantas,
preguntaron al Gigante, con sus voces chillonas y potentes, si no creía que ya
estaban bastante mojados sin necesidad de esta nueva lluvia. Otros despertaron y
alegaron que los Ratones se habían enrolado como voluntarios y no como
integrantes de una orquesta y les pidieron que guardaran silencio. Rompetiempo
salió en la planta de los pies en busca de un lugar donde poder llorar en paz, pero al
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