VI LAS CRIATURAS QUE VIVIAN OCULTAS
Entonces comenzó para Caspian la época más feliz de su vida. Una linda
mañana de verano en que el pasto estaba aún cubierto de rocío emprendió el viaje
con los dos Enanos y el Tejón. Atravesando el bosque, subieron hasta una elevada
cumbre en las montañas y bajaron hacia el sur por sus asoleadas laderas, desde
donde podían ver las verdes campiñas de Archenland.
--Iremos primero donde los Tres Osos Panzones --dijo Trumpkin.
Cruzando un claro en el bosque llegaron al pie de un roble hueco cubierto de
musgo. Cazatrufas golpeó el tronco con su pata tres veces sin recibir respuesta.
Golpeó una vez más y se escuchó una voz algo opaca que decía desde adentro:
--Váyase. Todavía no es tiempo de levantarse.
Pero cuando golpeó nuevamente, se escuchó en el interior un estruendo
parecido a un pequeño terremoto, se abrió una especie de puerta y aparecieron tres
osos de color café, muy panzones en realidad, cuyos ojillos pestañeaban con la luz
del día. Una vez que se les explicó todo (lo que tomó bastante tiempo, porque aún
tenían mucho sueño), dijeron, tal como había dicho Cazatrufas, que el Hijo de Adán
debía ser el Rey de Narnia; besaron a Caspian --unos besos sumamente húmedos y
resfriados-- y le ofrecieron miel. Caspian no tenía ganas de comer miel, sin pan, y
menos a esa hora de la mañana, pero pensó que debía aceptarla por cortesía.
Después pasó un buen rato tratando de limpiar sus dedos pegajosos.
Luego continuaron su camino hasta un bosquecillo de elevadas hayas, y
Cazatrufas gritó: " ¡Correvuela, Correvuela, Correvuela!". En el acto, balanceándose
de rama en rama hasta quedar colgando justo encima de sus cabezas, apareció la más
magnífica ardilla roja que Caspian hubiese visto jamás. Era muchísimo más grande
que las mudas ardillas comunes que solían verse en los jardines del castillo; en
realidad, ésta era casi del tamaño de un perrito, y bastaba mirar su cara para darse
cuenta de que podía hablar. El único problema era conseguir que se callara, pues,
como todas las ardillas, era charlatana. Acogió a Caspian sin dudar un instante, le
ofreció una nuez, y Caspian aceptó agradecido. Pero cuando Correvuela se alejó
saltando a buscarla, Cazatrufas susurró al oído de Caspian:
--No la mires, mira hacia otro lado. Es de pésima educación entre las ardillas
observar a alguien cuando va a su bodega, o dar la impresión de que quieres saber
dónde guarda sus provisiones.
Correvuela regresó con la nuez para Caspian. Después la ardilla se ofreció para
llevar mensajes a otros amigos. "Porque puedo andar casi por todas partes sin poner
un pie en el suelo", dijo. Cazatrufas y los Enanos consideraron la idea excelente y le
encargaron que llevara recados para toda clase de gente, de nombres harto extraños,
invitándolos a acudir en tres días más, a la medianoche, a un banquete y a una
reunión de consejo en el Prado de las Danzas.
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