conveniente usar una espada para esta clase de trabajo, porque puedes tomarla
únicamente por la empuñadura). Cuando estuvo por fin liberado de sus amarras, el
Enano se sentó, se sobó brazos y piernas, y exclamó:
--Bueno, digan lo que digan, ustedes no parecen fantasmas.
Como la mayoría de los Enanos, era muy rechoncho y de voz ronca. De pie
medía alrededor de un metro de altura. Su inmensa barba y grandes bigotes de
grueso pelo rojo ocultaban su cara casi por completo y en el espacio visible
solamente sobresalían su nariz aguileña y un par de centelleantes ojos negros.
--Como sea --continuó--, fantasmas o no, me han salvado la vida y les estoy
extremadamente agradecido.
--¿Por qué tendríamos que ser fantasmas? --preguntó Lucía.
--Toda mi vida he oído decir --respondió el Enano-- que estos bosques que
rodean la playa están tan llenos de fantasmas como de árboles. Así lo cuenta la
historia. Y por eso, cuando quieren desembarazarse de alguien, a menudo lo traen
aquí (como hacían conmigo) y dicen que lo dejan con los fantasmas. Pero yo
siempre he pensado que en realidad los ahogan o les cortan el cuello. Nunca creí en
fantasmas. En cambio aquellos dos cobardes a quienes ustedes hirieron sí que creían.
Estaban más asustados de tener que traerme acá, a mi muerte, que yo mismo de
enfrentarla.
--Ah --dijo Susana--. Por eso fue entonces que arrancaron.
--¿Eh? ¿Qué dicen? --preguntó el Enano.
--Escaparon --explicó Edmundo--. Al continente.
--Yo no disparé a matar, créame --dijo Susana. No quería que pensaran que
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