la tarea que él lleva a cabo: escribir, escribir bien, escribir maravillosamente bien utilizando el
nunca suficientemente ponderado truco de la máxima sencillez. Sin cultismos, con precisiones
necesarias para darle verosimilitud e interés a su relato, el autor jamás se olvida de que él está, antes
que nada, NARRANDO. Por eso el tono de voz es claramente perceptible durante el transcurso
(rapidísimo) de una historia donde los verbos, cargados del mayor dinamismo, son los encargados
de imprimirle máxima celeridad a los hechos.
Como en Hornero --se nota en Lewis una acabada lectura y asimilación de los clásicos--, las
descripciones de batallas constituyen verdaderas películas de acción y suspenso; no hay momento
para el respiro, como no lo hay, tampoco, para el aburrimiento. Los detalles le imprimen, por otra
parte, un sello de realidad a la magia, plasmando de paso el renovado atractivo que cualquier
eventualidad adquiere siempre para el niño.
Y es que los niños son los grandes protagonistas de estas CRONICAS, como lo son, en honor
a la verdad estricta, los de la vida. De allí que a nadie sorprendan gestos tan decidores --y
minuciosamente descritos-- como el sacarse los zapatos para chapotear en el agua o el anhelo
compulsivo de saciar el hambre y la sed con lo que sea; se trata de cubrir las necesidades básicas
que todo niño necesita para su supervivencia.
El uso de un lenguaje coloquial apunta a esta misma idea: no hay retórica en Lewis, no hay
complicaciones en su relato, y la traducción minuciosa se hace cargo de esta intención, fundamental
en el escritor inglés. Un despliegue de imágenes sensoriales busca acoger ese sentido plástico-
musical tan arraigado en el universo infantil, enriquecido aquí por ilimitados tesoros, cuyo sentido
más profundo aparece iluminado por la multivocidad de los símbolos, por los tópicos y refranes que
sirven de vehículo para un humor a toda prueba y por el correlato bíblico que, para quien conozca
sus claves, puede aportarle el gozo añadido de una "totalidad capturada".
Con respecto a lo primero, cabría mencionar algunos en orden de aparición: el agua como
reflejo de lo simple y lo vital; el mar que se abre, en toda su plenitud y serenidad, como depósito
infinito de la esperanza; la selva, la maraña, el bosque, como signos visibles de la confusión y la
duda; el río, "una serpiente larga y plateada"; el árbol cargado de manzanas, la fruta paradisíaca; la
isla misma, una puerta abierta a la aventura; el tren, inicio de una nueva vida; el muro, el jardín, el
castillo, etc.
A nadie sino a los niños está dirigido este cuento, y a ellos apela constantemente el autor bajo
la forma cercana y cariñosa de un tú, o bien bajo la fórmula más generalizada de ustedes,
amplificación colectiva del mismo tuteo cariñoso. Con un relato entero, el narrador básico busca
--¡y vaya si lo consigue!-- la atención persistente de sus destinatarios. Algo similar ocurre cuando
el simpatiquísimo enano Trumpkin toma las riendas de la narración, asumiendo un tono de voz
nítidamente diferente, pues la voz de cada cual es una y personal, sin desentonar, claro está, con la
tonalidad general del relato.
Igualmente, cada personaje aparece aquí dotado de esos rasgos peculiares que los
transforman en "personas", con psicología y comportamientos propios e individuales, es decir, no
tipificados, no esquematizados. Esto vale para héroes y antihéroes (Trumpkin y Nikabrik, por
ejemplo), así como para niñas y muchachos ("las niñas" tenemos otras cosas en la cabeza aunque no
podamos retener un mapa), para grandes y chicos (gigantes, enanos y ratones). Cada uno tiene su
compensación, y si los primeros cuentan con el tamaño a su favor, los segundos lo hacen con su
inteligencia notoria y su destreza. Bestias humanas, árboles que danzan y hablan, dríadas, náyades,
Baco y sus bacantes, centauros y faunos se acercan al lector saliéndose de la mitología y
acercándose al cuento de hadas y a la fábula.
Pero, ¡ATENCION!, que en este texto, gracias a Dios, no hay moraleja. Lo que sí hay, y sin
quedarse achicado, es DIVERSION a destajo, risa, mucha risa y también, por qué no, llanto. La
consigna, sin embargo, es GOZAR SIN LIMITES... ¡aun después de acabada la fiesta!

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