árbol cargado de manzanas, las más grandes, doradas, firmes y jugosas que pudieran
soñar.
--Y éste no es el único árbol --dijo Edmundo con la boca llena de manzana--,
miren allá, y allá.
--Pero si hay docenas de manzanos --dijo Susana, botando el corazón de su
primera manzana y cogiendo la segunda--. Esto debe haber sido un huerto hace
mucho, mucho tiempo, antes de convertirse en un lugar silvestre y antes de que este
bosque creciera a su alrededor.
--Entonces, la isla estuvo habitada alguna vez --dijo Pedro.
--¿Y qué es eso? --preguntó Lucía, señalando delante de ella.
--¡Por Dios, es un muro! --se sorprendió Pedro--. Un viejo muro de piedra.
Corriendo por entre las cargadas ramas, llegaron ante el muro. Era muy viejo y
estaba resquebrajado en algunas partes; musgos y alelíes amarillos crecían a lo largo
de él, pero su altura superaba el más alto de los árboles. Cuando se acercaron, vieron
un gran arco que alguna vez debió tener una puerta, pero que ahora estaba casi
enteramente tapado por un frondoso manzano. Fue necesario quebrar algunas ramas
para poder pasar, y cuando lo lograron, la luz del día se hizo tan radiante que sus
ojos parpadearon. Estaban en un espacio abierto y rodeado de murallas. Allí no
había árboles, sólo hierba, margaritas, hiedras y muros grises. Era un lugar claro,
silencioso, secreto y algo triste; los cuatro niños se detuvieron en el centro,
contentos de poder por fin enderezar sus espaldas y mover piernas y brazos
libremente.
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