El viejo depositó la espada sobre sus rodillas; Pippin apoyó la mano sobre la guardia y repitió
lentamente las palabras de Denethor.
--Juro ser fiel y prestar mis servicios a Góndor, y al Señor y Senescal del Reino, con la palabra
y el silencio, en el hacer y el dejar hacer, yendo y viniendo, en tiempos de abundancia o de necesidad,
tanto en la paz como en la guerra, en la vida y en la muerte, a partir de este momento y hasta que mi señor
me libere, o la muerte me lleve, o perezca el mundo. ¡Así he hablado yo, Peregrin hijo de Paladin de la
Comarca de los Medianos!
--Y yo te he oído, yo, Denethor hijo de Ecthelion, Señor de Góndor, Senescal del Rey, y no
olvidaré tus palabras, ni dejaré de recompensar lo que me será dado: fidelidad con amor, valor con honor,
perjurio con venganza. --La espada le fue restituida a Pippin, quien la enfundó de nuevo.
--Y ahora --dijo Denethor-- he aquí mi primera orden: ¡habla y no ocultes nada! Cuéntame tu
historia y trata de recordar todo lo que puedas acerca de Boromir, mi hijo. ¡Siéntate ya, y comienza! --Y
mientras hablaba golpeó un pequeño gong de plata que había junto al escabel, e instantáneamente
acudieron los servidores. Pippin observó entonces que habían estado aguardando en nichos a ambos lados
de la puerta, nichos que ni él ni Gandalf habían visto al entrar.
--Traed vino y comida y asientos para los huéspedes --dijo Denethor--, y cuidad que nadie nos
moleste durante una hora.
»Es todo el tiempo que puedo dedicaros, pues muchas otras cosas reclaman mi atención --le dijo
a Gandalf--. Problemas que pueden parecer más importantes pero que a mí en este momento me
apremian menos. Sin embargo, tal vez volvamos a hablar al fin del día.
--Y quizás antes, espero --dijo Gandalf--. Porque no he cabalgado hasta aquí desde Isengard,
ciento cincuenta leguas, a la velocidad del viento, con el único propósito de traerte a este pequeño
guerrero, por muy cortés que sea. ¿No significa nada para ti que Théoden haya librado una gran batalla,
que Isengard haya sido destruida, y que yo haya roto la vara de Saruman?
Significa mucho para mí. Pero de esas hazañas conozco bastante como para tomar mis propias
decisiones contra la amenaza del Este. --Volvió hacia Gandalf la mirada sombría, y Pippin notó de
pronto un parecido entre los dos, y sintió la tensión entre ellos, como si viese una línea de fuego humeante
que de un momento a otro pudiera estallar en una llamarada.
A decir verdad, Denethor tenía mucho más que Gandalf los aires de un gran mago: una apostura
más noble y señorial, facciones más armoniosas; y parecía más poderoso; y más viejo. Sin embargo,
Pippin adivinaba de algún modo que era Gandalf quien tenía los poderes m altos y la sabiduría más
ás
profunda, a la vez que una velada majestad. Y era más viejo, muchísimo más viejo. «¿Cuánto más?», se
preguntó, y le extrañó no haberlo pensado nunca hasta ese momento. Algo había dicho Bárbol a propósito
de los magos, pero en ese entonces la idea de que Gandalf pudiera ser un mago no había pasado por la
mente del hobbit. ¿Quién era Gandalf? ¿En qué tiempos remotos y en qué lugar había venido al mundo, y
cuándo lo abandonaría? Pippin interrumpió sus cavilaciones y vio que Denethor y Gandalf continuaban
mirándose, como si cada uno tratase de descifrar el pensamiento del otro. Pero fue Denethor el primero en
apartar la mirada.
--Sí --dijo, porque si bien las Piedras, según se dice, se han perdido, los señores de Gondor
tienen aún la vista más penetrante que los hombres comunes, y captan muchos mensajes. Mas ¡tomad
asiento ahora!
En ese momento entraron unos criados transportando un sillón y un taburete bajo; otro traía una
bandeja con un botellón de plata, y copas, y pastelillos blancos. Pippin se sentó, pero no pudo dejar de
mirar al anciano señor. No supo si era verdad o mera imaginación, pero le pareció que al mencionar las
Piedras la mirada del viejo se había clavado en él un instante, con un resplandor súbito.
--Y ahora, vasallo mío, nárrame tu historia --dijo Denethor, en un tono a medias benévolo, a
medias burlón--. Pues las palabras de alguien que era tan amigo de mi hijo serán por cierto bien venidas.
Pippin no olvidaría nunca aquella hora en el gran salón bajo la mirada penetrante del Señor de
Gondor, acosado una y otra vez por las preguntas astutas del anciano, consciente sin cesar de la presencia
de Gandalf que lo observaba y lo escuchaba, y que reprimía (tal fue la impresión del hobbit) una cólera y
una impaciencia crecientes. Cuando pasó la hora, y Denethor volvió a golpear el gong, Pippin estaba
extenuado. «No pueden ser más de las nueve», se dijo. «En este momento podría engullir tres desayunos,
uno tras otro.»




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