Mientras atravesaban una galería embaldosada, larga y desierta, Gandalf le hablaba a Pippin en
voz muy baja:
--Cuida tus palabras, Peregrin Tuk. No es momento de mostrar el desparpajo típico de los
hobbits. Théoden es un anciano bondadoso. Denethor es de otra raza, orgulloso y perspicaz, más poderoso
y de más alto linaje, aunque no lo llamen rey. Pero querrá sobre todo hablar contigo, y te hará muchas
preguntas, ya que tú puedes darle noticias de su hijo Boromir. Lo amaba de veras: demasiado tal vez; y
más aún porque era tan diferente. Pero con el pretexto de ese amor supondrá que le es más fácil enterarse
por ti que por mí de lo que desea saber. No le digas una palabra más de lo necesario, y no toques el tema
de la misión de Frodo. Yo me ocuparé de eso a su tiempo. Y tampoco menciones a Aragorn, a menos que
te veas obligado.
--¿Por qué no? ¿Qué pasa con Trancos? --preguntó Pippin en voz baja--. Tenía la intención de
venir aquí ¿no? De todos modos, no tardará en llegar.
--Quizá, quizá --dijo Gandalf--. Pero si viene, lo hará de una manera inesperada para todos,
incluso para el propio Denethor. Será mejor así. En todo caso, no nos corresponde a nosotros anunciar su
llegada.
Gandalf se detuvo ante una puerta alta de metal pulido.
--Escucha, Pippin, no tengo tiempo ahora de enseñarte la historia de Gondor; aunque sería
preferible que tú mismo hubieras aprendido algo en los tiempos en que robabas huevos de los nidos y
retozabas en los bosques de la a un poderoso señor la noticia de la mu erte de su heredero, hablarle en
demasía de la llegada de aquel que puede reivindicar derechos sobre el trono. ¿Te alcanza con esto?
--¿Derechos sobre el trono? --dijo Pippin, estupefacto.
--Sí --dijo Gandalf--. Si has estado estos días con las orejas tapadas y la mente dormida, ¡es
hora de que despiertes! Llamó a la puerta.
La puerta se abrió, pero no había nadie allí. La mirada de Pippin se perdió en un salón enorme.
La luz entraba por ventanas profundas alineadas en las naves laterales, más allá de las hileras de columnas
que sostenían el cielo raso. Monolitos de mármol negro se elevaban hasta los soberbios chapiteles
esculpidos con las más variadas y extrañas figuras de animales y follajes, y arriba, en la penumbra de la
gran bóveda, centelleaba el oro mate de tracerías y arabescos multicolores. No se veían en aquel recinto
largo y solemne tapices ni colgaduras historiadas, ni había un solo objeto de tela o de madera; pero entre
los pilares se erguía una compañía silenciosa de estatuas altas talladas en la piedra fría. Pippin recordó de
pronto las rocas talladas de Argonath, y un temor extraño se apoderó de él, mientras miraba aquella
galería de reyes muertos en tiempos remotos. En el otro extremo del salón, sobre un estrado precedido de
muchos escalones, bajo un palio de mármol en forma de yelmo coronado, se alzaba un trono; detrás del
trono, tallada en la pared y recamada de piedras preciosas, se veía la imagen de un árbol en flor. Pero el
trono estaba vacío. Al pie del estrado, en el primer escalón que era ancho y profundo, había un sitial de
piedra, negro y sin ornamentos, y en él, con la cabeza gacha y la mirada fija en el regazo, estaba sentado
un anciano. Tenía en la mano un cetro blanco de pomo de oro. No levantó la vista. Gandalf y Pippin
atravesaron el largo salón hasta detenerse a tres pasos del escabel en que el anciano apoyaba los pies.
--¡Salve, Señor y Senescal de Minas Tirith, Denethor hijo de Ecthelion! He venido a traerte
consejo y noticias en esta hora sombría.
Entonces el anciano alzó los ojos. Pippin vio el rostro de estatua, la orgullosa osamenta bajo la
piel de marfil, y la larga nariz aguileña entre los ojos sombríos y profundos; más que a Boromir, le
recordó a Aragorn.
--Sombría es en verdad la hora --dijo el anciano--, y siempre vienes en ruina próxima de
Gondor, menos me afecta esta oscuridad que mi propia oscuridad. Me han dicho que traes contigo a
alguien que ha visto morir a mi hijo. ¿Es él?
--Es él. Uno de los dos. El otro está con Théoden de Rohan, y es posible que también venga de
un momento a otro. Son medianos, como ves, mas no aquél de quien hablan los presagios.
--Un mediano de todos modos --dijo Denethor con amargura--, y poco amor me inspira este
nombre, desde que las palabras malditas vinieron a perturbar nuestros consejos y arrastraron a mi hijo a la
loca aventura en que perdió la vida. ¡Mi Boromir! ¡Tanto como ahora necesitamos de ti! Faramir tenía
que haber partido en lugar de él.




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