La arquitectura de Minas Tirith era tal que la ciudad estaba construida en siete niveles, cada uno
de ellos excavado en la colina y rodeado de un muro; y en cada muro había una puerta. Pero estas puertas
no se sucedían en una línea recta: la Gran Puerta del Muro de la Ciudad se abría en el extremo oriental del
circuito, pero la siguiente miraba casi al sur, y la tercera al norte y así sucesivamente, hacia uno y otro
lado, siempre en ascenso, de modo que la ruta pavimentada que subía a la ciudadela giraba primero en un
sentido, luego en el otro a través de la cara de la colina. Y cada vez que cruzaba la línea de la Gran Puerta
corría por un túnel abovedado, penetrando en un vasto espolón de roca, un enorme contrafuerte que
dividía en dos todos los círculos de la Ciudad, con excepción del primero. Pues como resultado de la
forma primitiva de la colina y de la notable destreza y esforzada labor de los hombres de antaño, detrás
del patio espacioso a que la puerta daba acceso, se alzaba un imponente bastión de piedra; la arista,
aguzada como la quilla de un barco, miraba hacia el este. Culminaba coronado de almenas en el nivel del
círculo superior, permitiendo así a los hombres que se encontraban en la ciudadela, vigilar desde la cima,
como los marinos de una nave montañosa, la puerta situada setecientos pies más abajo. También la
entrada de la ciudadela miraba al este, pero estaba excavada en el corazón de la roca; desde allí, una larga
pendiente alumbrada por faroles subía hasta la séptima puerta. Por ese camino llegaron al fin al Patio
Alto, y a la Plaza del Manantial al pie de la Torre Blanca; alta y soberbia, medía cincuenta brazas desde la
base hasta el pináculo, y allí la bandera de los Senescales flameaba a mil pies por encima de la llanura.
Era sin duda una fortaleza poderosa, y en verdad inexpugnable, si había en ella hombres capaces
de tomar las armas, a menos que el adversario entrara desde atrás, y escalando las cuestas inferiores del
Mindolluin llegase al brazo estrecho que unía la Colina de la Guardia a la montaña. Pero esa estribación,
que se elevaba hasta el quinto muro,estaba flanqueada por grandes bastiones que llegaban al borde mismo
del precipicio en el extremo occidental; y en ese lugar se alzaban las moradas y las tumbas abovedadas de
los reyes y señores de antaño, ahora para siempre silenciosos entre la montaña y la torre.
Pippin contemplaba con asombro creciente la enorme ciudad de piedra, más vasta y más
espléndida que todo cuanto hubiera podido soñar: más grande y más fuerte que Isengard, y mucho más
hermosa. Sin embargo, la ciudad declinaba en verdad año tras año: ya faltaba la mitad de los hombres que
hubieran podido vivir allí cómodamente. En todas las calles pasaban por delante de alguna mansión o
palacio y en lo alto de las fachadas o portales había hermosas letras grabadas, de perfiles raros y antiguos:
los nombres, supuso Pippin, de los nobles señores y familias que habían vivido allí en otros tiempos; pero
ahora ellos callaban, no había rumor de pasos en los vastos recintos embaldosados, ni voces que
resonaran en los salones, ni un rostro que se asomara a las puertas o a las ventanas vacías.
Salieron por fin de las sombras en la puerta séptima, y el mismo sol cálido que brillaba sobre el
río, mientras Frodo se paseaba por los claros de Ithilien, iluminó los muros lisos y las columnas recias, y
la cabeza majestuosa y coronada de un rey esculpida en la arcada. Gandalf desmontó, pues la entrada de
caballos estaba prohibida en la ciudadela, y Sombragris, animado por la voz afectuosa de su amo,
permitió que lo alejaran de allí.
Los Guardias de la Puerta llevaban túnicas negras, y yelmos de forma extraña: altos de cimera y
ajustados a las mejillas por largas orejeras que remataban en alas blancas de aves marinas; pero los
cascos, preciados testimonios de las glorias de otro tiempo, eran de mithril, y resplandecían con una llama
de plata. Y en las sobrevestas negras habían bordado un árbol blanco con flores como de nieve bajo una
corona de plata y estrellas de numerosas puntas. Tal era la librea de los herederos de Elendil, y ya nadie la
usaba en todo el Reino salvo los Guardias de la Ciudadela apostados en el Patio del Manantial, donde
antaño floreciera el Árbol Blanco.
Al parecer la noticia de la llegada de Gandalf y Pippin había precedido a los viajeros: fueron
admitidos inmediatamente, en silencio y sin interrogatorios. Gandalf cruzó con paso rápido el patio
pavimentado de blanco. Un manantial canturreaba al sol de la mañana, rodeado por una franja de hierba
de un verde luminoso; pero en el centro, encorvado sobre la fuente, se alzaba un árbol muerto, y las gotas
resbalaban melancólicamente por las ramas quebradas y estériles y caían de vuelta en el agua clara.
Pippin le echó una mirada fugaz mientras correteaba en pos de Gandalf. Le pareció triste y se
preguntó por qué habrían dejado un árbol muerto en aquel lugar donde todo lo demás estaba tan bien
cuidado.
Siete estrellas y siete piedras y un árbol blanco.
Las palabras que le oyera murmurar a Gandalf le volvieron a la memoria. Y en ese momento se
encontró a las puertas del gran palacio, bajo la torre refulgente; y siguiendo al mago pasó junto a los
ujieres altos y silenciosos y penetró en las sombras frescas y pobladas de ecos de la casa de piedra.
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