--Los Hombres Salvajes dicen muchas cosas --anunció--. Primero: ¡sed cautelosos! Todavía
hay muchos hombres acampando del otro lado de Din, a una hora de marcha, por allí. --Agitó el brazo
señalando el oeste, las negras colinas. -- Pero ninguno a la vista de aquí a los muros nuevos de
GentedePiedra. Allí hay muchos y muy atareados. Los muros ya no resisten: los gorgün los derriban con
trueno de tierra y mazas de hierro negro. Son imprudentes y no miran alrededor. Creen que sus amigos
vigilan todos los caminos. --Y al decir esto soltó un extraño gorgoteo, que bien podía parecer una
carcajada.
-- ¡Buenas noticias! --exclamó Eomer--. Aun en esta oscuridad brilla de nuevo una luz de
esperanza. Más de una vez los artilugios del enemigo nos han favorecido. La maldita oscuridad puede ser
para nosotros un manto protector. Y ahora, encarnizados como están en la destrucción de Góndor,
decididos a no dejar piedra sobre piedra, los orcos me han librado del mayor de mis temores. El muro
exterior habría resistido largo tiempo a nuestros embates. Ahora podremos atravesarlo como un trueno...
si llegamos a él.
--Gracias otra vez, GhánburiGhan del bosque --dijo Théoden--. ¡ Que la fortuna te sea
propicia en recompensa por las noticias y la ayuda que nos has traído!
-- ¡Matad gorgünl ¡Matad orcos! Los Hombres Salvajes no conocen palabras más placenteras --
le respondió Ghán--. ¡Ahuyentad el aire malo y la oscuridad con el hierro brillante!
--Para eso hemos venido desde muy lejos --dijo el rey--, y lo intentaremos. Pero lo que
consigamos, sólo mañana se verá.
GhánburiGhan se inclinó hasta tocar el suelo con la frente en señal de despedida. Luego se
levantó como si se dispusiera a marcharse. Pero de pronto se quedó quieto con la cabeza levantada, como
un animal del bosque que husmea un olor extraño. Un resplandor le iluminó los ojos.
--¡El viento está camb iando! --gritó, y con estas palabras, como en un parpadeo, él y sus
compañeros desaparecieron en las tinieblas, y los hombres de Rohan no los volvieron a ver nunca más.
Poco después se oyó otra vez en el este lejano el batir apagado de los tambores. Pero en todo el ejército de
los Rohirrim nadie temió un instante que los Hombres Salvajes pudieran cometer una traición, por más
que pareciesen extraños y poco atractivos.
--Ya no tenemos necesidad de guías dijo Elfhelm. Hay entre nosotros jinetes que han cabalgado
hasta Mundburgo en tiempos de paz. Empezando por mí. Cuando lleguemos al camino, doblará hacia el
sur, y desde allí hasta el muro de los confines de los burgos, habrá otras siete leguas. La hierba abunda a
los lados de casi todo el camino. En ese tramo l s mensajeros de Góndor corrían más que nunca.
o
Podremos cabalgar rápidamente y sin hacer mucho ruido.
--Pues como nos espera una lucha cruenta y necesitaremos de todas nuestras fuerzas --dijo
Eomer--, yo propondría que ahora descansáramos, y que partiéramos p la noche; de ese modo
or
podríamos llegar a los campos cuando haya tanta luz como pueda haberla, o cuando nuestro señor nos dé
la señal.
El rey estuvo de acuerdo y los capitanes se retiraron. Pero Elfhelm volvió poco después.
--Los batidores no han encontrado nada más allá del bosque gris, Señor --dijo--, salvo dos
hombres: dos hombres muertos y dos caballos muertos.
-- ¿Entonces? --dijo Eomer.
--Entonces esto, Señor: eran mensajeros de Góndor; uno de ellos podría ser Hirgon. En todo
caso aún apretaba en la mano la Flecha Roja, pero lo habían decapitado. Y también esto: según los
indicios, parecería que huían hada el oeste cuando fueron abatidos. A mi entender, al regresar encontraron
al enemigo ya dueño del muro exterior, o atacándolo, y eso ha de haber ocurrido hace dos noches, si
utilizaron los caballos de recambio de las postas, como es costumbre. Al no poder entrar en la ciudad, han
de haber dado media vuelta.
--¡Ay! --dijo Théoden--. Eso quiere decir que Denethor no ha tenido noticias de nuestra
partida, y ya habrá desesperado.
-- La necesidad no tolera tardanzas, pero más vale tarde que nunca --dijo Eomer--. Y acaso
ahora el viejo refrán demuestra ser más cierto que en todos los tiempos pasados, desde que los hombres se
expresan con la boca.
Era de noche. Por las dos orillas del camino avanzaba en silencio el ejército de Rohan. El camino
que contorneaba las pendientes del Mindolluin corría ahora hacia el sur. En lontananza, delante de ellos y
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