Ithilien cayera bajo la sombra del enemigo. Corría unas diez leguas o más desde el pie de las montañas, y
después de describir una curva retrocedía nuevamente para cercar los campos de Pelennor: campiñas
hermosas y feraces recostadas en las lomas y terrazas que descendían hacia el lecho del Anduin. En el
punto más alejado de la Gran Puerta de la Ciudad, al nordeste, el muro se alejaba cuatro leguas, y allí,
desde una orilla hostil, dominaba los bajíos extensos que costeaban el río; y los hombres lo habían
construido alto y resistente; pues en ese paraje, sobre un terraplén fortificado, el camino venía de los
vados y de los puentes de Osgiliath y atravesaba una puerta custodiada por dos torres almenadas. En el
punto más cercano, el muro se alzaba a poco más de una legua de la ciudad, al sudeste. Allí el Anduin,
abrazando en una amplia curva las colinas de los Emyn Arnen al sur del Ithilien, giraba bruscamente
hacia el oeste, y el muro exterior se elevaba a la orilla misma del río; y más abajo se extendían los
muelles y embarcaderos del Harland destinados a las naves que remontan la corriente desde los feudos del
Sur.
Las tierras cercadas por el muro eran ricas y estaban bien cultivadas: abundaban las huertas, las
granjas con hornos de lúpulo y graneros, las dehesas y los establos, y muchos arroyos descendían en
ondas a través de los prados verdes hacia el Anduin. Sin embargo eran pocos los agricultores y los
criaderos de ganado que moraban en la región, pues la mayor parte de la gente de Gondor vivía dentro de
los siete círculos de la Ciudad, o en los altos valles a lo largo de los flancos de la montaña, en Lossarnach,
o más al sur en la esplendente Lebennin, la de los cinco ríos rápidos. Allí, entre las montañas y el mar,
habitaba un pueblo de hombres vigorosos e intrépidos. Se los consideraba hombres de Gondor, pero en
realidad eran mestizos, y había entre ellos algunos pequeños de talla y endrinos de tez, cuya ascendencia
se remontaba sin duda a los hombres olvidados que vivieran a la sombra de las montañas, en los Años
Oscuros anteriores a los reyes. Pero más allá, en el gran feudo de Belfalas, residía el Príncipe Imrahil en
el castillo de Dol Amroth a orillas del mar, y era de antiguo linaje, al igual que todos los suyos, hombres
altos y arrogantes, de ojos grises como el mar.
Al cabo de algún tiempo de cabalgata, la luz del día creció en el cielo, y Pip pin, ahora despierto,
miró alrededor. Un océano de bruma, que hacia el este se agigantaba en una sombra tenebrosa, se
extendía a la izquierda; pero a la derecha, y desde el oeste, unas montañas enormes erguían las cabezas en
una cadena que se interrumpía bruscamente, como si el río se hubiese precipitado a través de una gran
barrera, excavando un valle ancho que sería terreno de batallas y discordias en tiempos por venir. Y allí
donde terminaban las Montañas Blancas de Ered Nimrais, Pippin vio, como le había prometido Gandalf,
la mole oscura del Monte Mindolluin, las profundas sombras bermejas de las altas gargantas, y la elevada
cara de la montaña más blanca cada vez a la creciente luz del día. Allí, en un espolón, estaba la
Ciudadela, rodeada por los siete muros de piedra, tan antiguos y poderosos que más que obra de hombres
parecían tallados por gigantes en la osamenta misma de la montaña.
Y entonces, ante los ojos maravillados de Pippin, el color de los muros cambió de un gris
espectral al blanco, un blanco que la aurora arrebolaba apenas, y de improviso el sol trepó por encima de
las sombras del este y un rayo bañó la cara de la ciudad. Y Pippin dejó escapar un grito de asombro, pues
la Torre de Ecthelion, que se alzaba en el interior del muro más alto, resplandecía contra el cielo, rutilante
como una espiga de perlas y plata, esbelta y armoniosa, y el pináculo centelleaba como una joya de cristal
tallado; unas banderas blancas aparecieron de pronto en las almenas y flamearon en la brisa matutina, y
Pippin oyó, alto y lejano, un repique claro y vibrante como de trompetas de plata.
Gandalf y Pippin llegaron así a la salida del sol a la Gran Puerta de los Hombres de Gondor, y
las batientes de hierro se abrieron ante ellos.
--¡Mithrandir! ¡Mithrandir! --gritaron los hombres. ¡Ahora sabemos con certeza que la
tempestad se avecina!
--Está sobre vosotros --dijo Gandalf--. Yo he cabalgado en sus alas. ¡Dejadme pasar! Tengo
que ver a vuestro Señor Denethor mientras aún ocupa el trono. Suceda lo que suceda, Gondor ya nunca
será el país que habéis conocido. ¡Dejadme pasar!
Los hombres retrocedieron ante el tono imperioso de Gandalf y no le hicieron más preguntas,
pero observaron perplejos al hobbit que iba sentado delante de él y al caballo que lo transportaba. Pues las
gentes de la ciudad rara vez utilizaban caballos, y no era habitual verlos perlas calles, excepto los que
montaban los mensajeros de Denethor. Y dijeron:
--Ha de ser sin duda uno de los grandes corceles del Rey de Rohan. Tal vez los Rohirrim
llegarán pronto trayendones refuerzos. --Pero ya Sombragris avanzaba con paso arrogante por el camino
sinuoso.




5

5