Pippin tembló, temiendo que en Gandalf se encendiese una cólera súbita; pero el temor era
infundado.
--Tal vez --respondió Gandalf serenamente--. Pero aún no ha llegado el momento de poner a
prueba nuestras fuerzas. Y si las palabras pronunciadas en los días antiguos dicen la verdad, no será la
mano de ningún hombre la que habrá de abatirlo, y el destino que le aguarda es aún ignorado por los
Sabios. Como quiera que sea, el Capitán de la Desesperación no se apresura todavía a adelantarse.
Conduce en verdad a sus esclavos de acuerdo con las normas de la prudencia que tú mismo acabas de
enunciar, desde la retaguardia, enviándolos delante de él en una acometida de locos.
»No, he venido ante todo a custodiar a los heridos que aún pueden sanar; porque ahora hay
brechas todo a lo largo del Rammas, y el ejército de Morgul no tardará en penetrar por distintos puntos.
Dentro de poco habrá aquí una batalla campal. Es necesario preparar una salida. Que sea de hombres
montados. En ellos se apoya nuestra breve esperanza, pues sólo de una cosa no está bien provisto el
enemigo: tiene pocos jinetes.
--Nosotros también. Si ahora viniesen los de Rohan, el momento sería oportuno --dijo
Denethor.
--Quizás antes veamos llegar a otros --dijo Gandalf--. Ya se nos han unido muchos fugitivos
de Cair Andros. La isla ha caído. Un nuevo ejército ha salido por la Puerta Negra, y viene hacia aquí a
través del noreste.
--Algunos te han acusado, Mithrandir, de complacerte en traer malas nuevas --dijo Denethor--,
pero para mí ésta ya no es nueva: la supe ayer, antes del caer de la noche. Y en cuanto a la salida, ya había
pensado en eso. Descendamos.
Pasaba el tiempo. Los vigías apostados en los muros vieron al fin la retirada de las compañías
exteriores. Al principio iban llegando en grupos pequeños y dispersos: hombres extenuados y a menudo
heridos que marchaban en desorden; algunos corrían, como escapando a una persecución. A lo lejos, en el
este, vacilaban unos fuegos distantes, que ahora parecían extenderse a través de la llanura. Ardían casas y
graneros. De pronto, desde muchos puntos, empezaron a correr unos arroyos de llamas rojas que
serpeaban en la sombra, y todos iban hacia la línea del camino ancho que llevaba desde la Puerta hasta
Osgiliath.
--El enemigo -- murmuraron los hombres--. El dique ha cedido. ¡ Allí vienen, como un
torrente por las brechas! Y traen antorchas. ¿Dónde están los nuestros?
Según la hora, la noche se acercaba, y la luz era tan mortecina que ni aun los hombres de buena
vista de la ciudadela llegaban a distinguir lo que acontecía en los campos, excepto los incendios que se
multiplicaban, y los ríos de fuego que crecían en longitud y rapidez. Por fin, a menos de una milla de la
ciudad, apareció a la vista una columna más ordenada; marchaba sin correr, en filas todavía unidas.
Los vigías contuvieron el aliento.
--Faramir ha de venir con ellos --dijeron--. El sabe dominar a los hombres y las bestias. Aún
puede conseguirlo.
Ahora la columna estaba apenas a un cuarto de milla. Tras ellos, saliendo de la oscuridad,
galopaba un grupo reducido de jinetes, todo cuanto quedaba de la retaguardia. Otra vez acorralados, se
volvieron para enfrentar las líneas de fuego cada vez más próximas. De improviso, hubo un tumulto de
gritos feroces. Una horda de jinetes del enemigo se lanzó hacia adelante. Los arroyos de fuego se
transformaron en torrentes rápidos: fila tras fila de orcos que llevaban antorchas encendidas, y sureños
feroces, que blandían estandartes rojos y daban gritos destemplados y se adelantaban a la columna que se
batía en retirada y le cerraban el paso. Y con un alarido las Sombras aladas se precipitaron cayendo del
cielo tenebroso: los Nazgül que se inclinaban hacia delante, preparados para matar.
La retirada se convirtió en una fuga. Ya unos hombres rompían filas, huyendo aquí y allá,
arrojando las armas, gritando de terror, rodando por el suelo.
Una trompeta sonó entonces en la ciudadela, y Denethor dio por fin la orden de salida. Cobijados
a la sombra de la Puerta y bajo los muros elevados los hombres habían estado esperando esa señal: todos
los jinetes que quedaban en la ciudad. Ahora avanzaron en orden, y en seguida apresuraron el paso, y en
medio de un gran clamor corrieron al galope hacia el enemigo. Y un grito se elevó en respuesta desde los
muros, pues en el campo de batalla y a la vanguardia galopaban los caballeros del cisne de Dol Amroth,
con el Príncipe Imrahil a la cabeza, seguido de su estandarte azul.
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