Gondor antes que clareara el día El sonido de unas voces despertó a Pippin. Otro día de campamento
furtivo y otra noche de cabalgata habían quedado atrás. Amanecía: la aurora fría estaba cerca otra vez, y
los envolvía en unas neblinas heladas. Sombragris humeaba de sudor, pero erguía la cabeza con
arrogancia y no mostraba signos de fatiga. Pippin vio en torno una multitud de hombres de elevada
estatura envueltos en mantos pesados, y en la niebla detrás de ellos se alzaba un muro de piedra. Parecía
estar casi en ruinas, pero ya antes del final de la noche empezaron a oírse los ruidos de una actividad
incesante: el golpe de los martillos, el chasquido de las trullas, el chirrido de las ruedas. Las antorchas y
las llamas de las hogueras resplandecían débilmente en la bruma. Gandalf hablaba con los hombres que le
interceptaban el paso, y Pippin comprendió entonces que él era el motivo de la discusión.
--Sí, es verdad, a ti te conocemos, Mithrandir --decía el jefe de los hombres--, y puesto que
conoces el santo y seña de las Siete Puertas, eres libre de proseguir tu camino. Pero a tu compañero no lo
hemos visto nunca. ¿Qué es? ¿Un enano de las montañas del Norte? No queremos extranjeros en el país
en estos tiempos, a menos que se trate de hombres de armas vigorosos, en cuya lealtad y ayuda podamos
confiar.
--Yo responderé por él ante Denethor --dijo Gandalf--, y en cuanto al valor, no lo has de medir
por el tamaño. Ha presenciado más batallas y sobrevivido a más peligros que tú, Ingold, aunque le dobles
en altura; ahora viene del ataque a Isengard, del que traemos buenas nuevas, y está extenuado por la
fatiga, de lo contrario ya lo habría despertado. Se llama Peregrin y es un hombre muy valiente.
--¿Un hombre? --dijo Ingold con aire dubitativo, y los otros se echaron a reír.
-- ¡Un hombre! --gritó Pippin, ahora bien despierto--. ¡Un hombre! ¡Nada menos cierto! Soy
un hobbit, y de valiente tengo tan poco como de hombre, excepto quizá de tanto en tanto y sólo por
necesidad. ¡No os dejéis engañar por Gandalf!
--Muchos protagonistas de grandes hazañas no podrían decir más que tú --dijo Ingold--. ¿Pero
qué es un hobbit?
--Un mediano --respondió Gandalf--. No, no aquél de quien se ha hablado --añadió, viendo
asombro en los rostros de los hombres--. No es ése, pero sí uno de la misma raza.
--Sí, y uno que ha viajado con él --dijo Pippin--. Y Boromir, de vuestra ciudad, estaba con
nosotros, y me salvó en las nieves del Norte, y finalmente perdió la vida defendiéndome de numerosos
enemigos.
--¡Silencio! --dijo Gandalf--. Esta triste nueva tendría que serle anunciada al padre antes que a
ninguno.
--Ya la habíamos adivinado --dijo Ingold--, pues en los últimos tiempos hubo aquí extraños
presagios. Mas pasad ahora rápidamente. El Señor de Minas Tirith querrá ver en seguida a quien le trae
las últimas noticias de su hijo, sea hombre o...
--Hobbit --dijo Pippin--. No es mucho lo que puedo ofrecerle a tu Señor, pero con gusto haré
cuanto esté a mi alcance, en memoria de Boromir el valiente.
--¡Adiós! --dijo Ingold, mientras los hombres le abrían paso a Sombragris que entró por una
puerta estrecha tallada en el muro. ¡Ojalá puedas aconsejar a Denethor en esta hora de necesidad, y a
todos nosotros, Mithrandir! gritó Ingold. Pero llegas con noticias de dolor y de peligro, como es tu
costumbre, según se dice.
--Porque no vengo a menudo, a menos que mi ayuda sea necesaria --respondió Gandalf--. Y
en cuanto a consejos, os diré que habéis tardado mucho en reparar el muro del Pelennor. El coraje será
ahora vuestra mejor defensa ante la tempestad que se avecina... el coraje y la esperanza que os traigo.
Porque no todas las noticias son adversas. ¡Pero dejad por ahora las trullas y afilad las espadas!
-- Los trabajos estarán concluidos antes del anochecer --dijo Ingold--. Esta es la última parte
del muro defensivo: la menos expuesta a los ataques pues mira hacia nuestros amigos de Rohan. ¿Sabes
algo de ellos? ¿Crees que responderán a nuestra llamada?
--Sí, acudirán. Pero han librado muchas batallas a vuestras espaldas. Esta ruta ya no es segura,
ni ninguna otra. ¡Estad alerta! Sin Gandalf el Cuervo que Anuncia Tempestades, lo que veríais venir de
Anórien sería un ejército de enemigos y ningún Jinete de Rohan. Y todavía es posible. ¡Adiós, y no os
durmáis!
Gandalf se internó entonces en las tierras que se abrían del otro lado del Rammas Echor. Así
llamaban los hombres de Gondor al muro exterior que habían construido con tantos afanes, luego que


4

4