cuernos ni arpas ni música de voces humanas, la gran cabalgata hacia el Este comenzó con el tema que
aparecería en las canciones de Rohan durante muchas generaciones:
Del Sagrario sombrío en la mañana lóbrega
parte con escudero y capitán el hijo de Tbengel
hacia Edoras. Las brumas amortajan
el palacio de los Guardianes de la Marca,
las tinieblas envuelven las columnas de oro.
Adiós, saluda a las gentes libres,
el hogar, el trono, los sitios sagrados
de las celebraciones en los tiempos de luz.
Avanza el rey: atrás el miedo
y adelante el destino. Leal y fiel,
todos los juramentos serán cumplidos.
Avanza Théoden. Cinco noches y cinco días
hacia el Este galopan los Eorlingas: seis mil lanzas
en el Folde, la Frontera de los Pantanos y el Finen,
camino al Sunlendin, a Mundburgo, la fortaleza
de los reyes del mar al pie del Mindolluin,
sitiada por el enemigo, cercada por el fuego.
El Destino los llama. La Oscuridad se cierra
y aprisiona caballo y caballero: los golpes lejanos de los cascos
se pierden en el silencio: así cuentan las canciones.
Y en verdad la oscuridad continuaba aumentando cuando el rey llegó a Edoras, aunque apenas
era el mediodía. Allí hizo un breve alto para fortalecer el ejército con unas tres veintenas de jinetes que
llegaban con atraso a la leva. Luego de haber comido se preparó para reanudar la marcha, y se despidió
afectuosamente de su escudero. Merry le suplicó por última vez que no lo abandonase.
--Este no es viaje para un animal como Stybba, ya te lo he dicho --respondió Théoden--. Y en
una batalla como la que pensamos librar en los campos de Gondor ¿ qué harías, maese Meriadoc, por muy
paje de armas que seas, y aún mucho más grande de corazón que de estatura?
--En cuanto a eso ¿quién puede saberlo? --respondió Merry--. Pero entonces, Señor, ¿por qué
me aceptasteis como paje de armas, si no para que permaneciera a vuestro lado ? Y no me gustaría que las
canciones no dijeran nada de mí sino que siempre me dejaban atrás.
--Te acepté para protegerte --respondió Théoden--, y también para que hagas lo que yo mande.
Ninguno de mis jinetes podrá llevarte como carga. Si la batalla se librase a mis puertas, tal vez los
hacedores de canciones recordaran tus hazañas; pero hay cien leguas de aquí a Mundburgo, donde
Denethor es el soberano. Y no diré una palabra más.
Merry se inclinó, y se alejó tristemente, contemplando las filas de jinetes. Ya las compañías se
preparaban para la partida: los hombres ajustaban las correas, examinaban las sillas, acariciaban a los
animales; algunos observaban con inquietud el cielo cada vez más oscuro. Un jinete se acercó al hobbit, y
le habló al oído.
--Donde no falta voluntad, siempre hay un camino, decimos nosotros --susurró--, y yo mismo
he podido comprobarlo. --Merry lo miró, y vio que era el jinete joven que le había llamado la atención
esa mañana.-- Deseas ir a donde vaya el señor de la Marca: lo leo en tu rostro.
--Sí --dijo Merry.
--Entonces irás conmigo --dijo el jinete--. Te llevaré en la cruz de mi caballo, debajo de mi
capa hasta que estemos lejos, en campo abierto, y esta oscuridad sea todavía más densa. Tanta buena
voluntad no puede ser desoída. ¡No digas nada a nadie, pero ven!
-- ¡Gracias, gracias de veras! --dijo Merry--. Os agradezco, señor, aunque no sé vuestro
nombre.
--¿No lo sabes? --dijo en voz baja el jinete--. Entonces llámame Dernhelm.
Así pues, cuando el rey partió, Meriadoc el hobbit iba sentado delante de Dernhelm, y el gran
corcel gris Hoja de Viento casi no sintió la carga, pues Dernhelm, aunque ágil y vigoroso, pesaba menos
que la mayoría de los hombres.
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