Merry dio un paso adelante.
--Ya nos hemos conocido --le dijo al cabecilla--, y te advertí que no volvieras a aparecer por
aquí. Ahora te vuelvo a advertir: estás a plena luz y rodeado de arqueros. Si te atreves a poner un solo
dedo en este hobbit, o en cualquier otro de los presentes, serás hombre muerto. ¡Dejad en el suelo todas
las armas!
El cabecilla echó una mirada en torno. Estaba atrapado. Pero con veinte secuaces para
respaldarlo, no tenía miedo. Conocía poco y mal a los hobbits para darse cuenta del peligro en que se
encontraba. Envalentonado, decidió luchar. No le iba a ser difícil abrirse paso.
--¡A la carga, muchachos! --gritó--. ¡Duro con ellos!
Esgrimiendo un largo puñal en la mano izquierda y un garrote en la derecha, se abalanzó contra
el círculo de hobbits, procurando escapar hacia Hobbiton. Intentó atacar con violencia a Merry, que le
cerraba el paso. Cayó muerto, traspasado por cuatro flechas.
A los restantes les bastó con eso. Se rindieron. Despojados de las armas y sujetos con cuerdas
unos a otros, fueron conducidos a una cabaña vacía que ellos mismos habían construido, y allí, atados de
pies y manos, los dejaron encerrados con una fuerte custodia. Al cabecilla muerto lo llevaron a la rastras
un poco más lejos y lo enterraron.
--Parece casi demasiado fácil, después de todo ¿verdad? --dijo Coto--. Yo decía que éramos
capaces de dominarlos. Lo que nos faltaba era una señal. Han vuelto en el momento justo, señor Merry.
--Todavía queda mucho por hacer --dijo Merry--. Si tus estimaciones son acertadas, aún no
hemos dado cuenta ni de la décima parte de estos rufianes.
Pero está oscureciendo. Creo que para el próximo golpe tendremos que esperar la mañana.
Entonces le haremos una visita al Jefe.
--¿Por qué no ahora mismo? --dijo Sam--. No son mucho más de las seis. Y yo quiero ver al
Tío. ¿Sabe qué ha sido de él, señor Coto?
--No está ni demasiado bien ni demasiado mal, Sam dijo el granjero. En Bolsón de Tirada
derribaron todos los árboles, y ése fue un golpe duro para el viejo. Ahora está en una de esas casas nuevas
que construyeron los hombres cuando todavía hacían algo más que quemar y robar: a apenas una milla del
linde de Delagua. Pero me viene a ver cada tanto, cuando puede, y yo cuido de que esté mejor alimentado
que algunos de esos pobres infelices. Todo contra las Normas, por supuesto. Lo habría alojado en mi casa,
pero eso no estaba permitido.
--Se lo agradezco de todo corazón señor Coto, y nunca lo olvidaré --dijo Sam. Pero quiero
verlo. El Jefe, y ese tal Zarquino, por lo que decían, podrían hacer algún desaguisado allá arriba, antes de
la mañana.
--Está bien, Sam --dijo Coto--. Llévate a un par de mozalbetes, y ve a buscarlo y tráelo a mi
casa. No necesitarás acercarte a la vieja aldea de Hobbiton en Delagua. Mi Alegre te indicará el camino.
Sam partió. Merry puso unos centinelas alrededor de la aldea y junto a las barreras durante la
noche. Luego fue con Frodo a casa del granjero Coto. Se sentaron con la familia en la caldeada cocina, y
los Coto, por pura cortesía, les hicieron unas pocas preguntas sobre los viajes que habían hecho, pero en
verdad casi no escuchaban las respuestas: les interesaba mucho más lo que estaba aconteciendo en la
Comarca.
--Todo empezó con Granujo, como nosotros lo llamamos --dijo el viejo Coto--, y empezó
apenas se fueron ustedes, señor Frodo. Tenía ideas raras, el Granujo. Quería ser el dueño de todo, y
mandar a todo el mundo. Pronto se descubrió que ya tenía más de lo que era bueno para él; y continuaba
acumulando más y más, aunque de dónde sacaba el dinero era un misterio: molinos y campos de cebada,
y tabernas y granjas, y plantaciones de hierba para pipa. Ya antes de venir a vivir a Bolsón Cerrado había
comprado el Molino de Arenas, según parece.
»Naturalmente, comenzó con las propiedades que le había dejado el padre en la Cuaderna del
Sur; y parece que desde hacía un par de años estaba vendiendo grandes partidas que sacaba en secreto de
la Comarca. Pero a fines del año pasado se atrevió a mandar carretones enteros, y no sólo de hierba. Los
víveres comenzaron a escasear y el invierno se acercaba. La gente estaba furiosa, pero él sabía cómo
responder. Y empezaron a llegar hombres y más hombres, bandidos casi todos y algunos se llevaban las
cosas en grandes carretas, y otros se quedaban. Y seguían llegando y llegando, y antes que nos diéramos
cuenta de lo que pasaba, los teníamos instalados aquí y allá, y por toda la Comarca, y talaban los árboles y
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