realmente entrar en tu Compañía. ¿Eres el capitán? En ese caso podrías tomarme, ¿o quizás hablar en mi
favor?
--No, no --dijo Beregond, riendo--, no soy un capitán. No tengo cargo, ni rango, ni señorío, y
no soy más que un hombre de armas de la Tercera Compañía de la Ciudadela. Sin embargo, maese
Peregrin, ser un simple hombre de armas en la Guardia de la Torre de G ondor es considerado digno y
honroso en la ciudad, y en todo el reino se trata con honores a tales hombres.
--En ese caso, es algo que está por completo fuera de mi alcance --dijo Pippin--. Llévame de
nuevo a nuestros aposentos, y si Gandalf no se encuentra allí, iré contigo a donde quieras... como tu
invitado.
Gandalf no estaba en las habitaciones ni había enviado ningún mensaje; Pippin acompañó
entonces a Beregond y fue presentado a los hombres de la Tercera Compañía. Al parecer Beregond ganó
tanto prestigio entre sus camaradas como el propio Pippin, que fue muy bien recibido. Mucho se había
hablado ya en la ciudadela del compañero de Mithrandir y de su largo y misterioso coloquio con el Señor;
y corría el rumor de que un príncipe de los medianos había venido del Norte a prestar juramento de
lealtad a Gondor con cinco mil espadas. Y algunos decían que cuando los jinetes vinieran de Rohan, cada
uno traería en la grupa a un guerrero mediano, pequeño quizá, pero valiente.
Si bien Pippin tuvo que desmentir de mala gana esta leyenda promisoria, no pudo librarse del
nuevo título, el único, al decir de los hombres, digno de alguien tan estimado por Boromir y honrado por
el Señor Denethor; le agradecieron que los hubiera visitado, y escucharon muy atentos el relato de sus
aventuras en tierras extrañas, ofreciéndole de comer y de beber tanto como Pippin podía desear. Y en
verdad, sólo le preocupaba la necesidad de ser «cauteloso», como le había recomendado Gandalf, y de no
soltar demasiado la lengua, como hacen los hobbits cuando se sienten entre gente amiga.
Por fin Beregond se levantó.
-- ¡ Adiós por esta vez! -- dijo--. Estoy de guardia ahora hasta la puesta del sol, al igual que
todos los aquí presentes, creo. Pero si te sientes solo, como dices, tal vez te gustaría tener un guía alegre
que te lleve a visitar la ciudad. Mi hijo se sentirá feliz de acompañarte. Es un buen muchacho, puedo
decirlo. Si te agrada la idea, baja hasta el círculo inferior y pregunta por la Hostería Vieja en el Rath
Celerdain, Calle de los Lampareros. Allí lo encontrarás con otros jóvenes que se han quedado en la
ciudad. Quizás haya cosas interesantes para ver allá abajo, junto a la Puerta Grande, antes que cierren.
Salió, y los otros no tardaron en seguirlo.
Aunque empezaba a flotar una bruma ligera, el día era todavía luminoso, y caluroso para un mes
de marzo, aun en un país tan meridional. Pippin se sentía soñoliento, pero la habitación le pareció triste y
decidió descender a explorar la ciudad. Le llevó a Sombragris unos bocados que había apartado, y que el
animal recibió con alborozo, aunque nada parecía faltarle. Luego echó a caminar bajando por muchos
senderos zigzagueantes.
La gente lo miraba con asombro, cuando él pasaba. Los hombres se mostraban con él solemnes y
corteses, saludándolo a la usanza de Góndor con la cabeza gacha y las manos sobre el pecho; pero detrás
de él oía muchos comentarios, a medida que la gente que andaba por las calles llamaba a quienes estaban
dentro a que salieran a ver al Príncipe de los Medianos, el compañero de Mithrandir. Algunos hablaban
un idioma distinto de la Lengua Común, pero Pippin no tardó mucho en aprender al menos qué
significaba Ernil i Pberiannath y en saber que su condición de príncipe ya era conocida en toda la ciudad.
Recorriendo las calles abovedadas y las hermosas alamedas y pavimentos, llegó por fin al círculo
inferior, el más amplio; allí le dijeron dónde estaba la Calle de los Lampareros, un camino ancho que
conducía a la Puerta Grande. Pronto encontró la Hostería Vieja, un edificio de piedra gris desgastada por
los años, con dos alas laterales; en el centro había un pequeño prado, y detrás se alzaba la casa de
numerosas ventanas; todo el ancho de la fachada lo ocupaba un pórtico sostenido por columnas y una
escalinata que descendía hasta la hierba. Algunos chiquillos jugaban entre las columnas: los únicos niños
que Pippin había visto en Minas Tirith, y se detuvo a observarlos. De pronto, uno de ellos advirtió la
presencia del hobbit, y precipitándose con un grito a través de la hierba, llegó a la calle, seguido de otros.
De pie frente a Pippin, lo miró de arriba abajo.
-- ¡Salud! --dijo el chiquillo--. ¿De dónde vienes? Eres un forastero en la ciudad.
--Lo era --respondió Pippin--; pero dicen ahora que me he convertido en un hombre de
Gondor.
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