--¿Qué veo allí? --preguntó, señalando un punto en el centro de la curva del Anduin--. ¿Es otra
ciudad, o qué?
--Fue una ciudad --respondió Beregond--, la capital del reino, cuando Minas Tirith no era más
que una fortaleza. Lo que ves en las márgenes del Anduin son las ruinas de Osgiliath, tomada e
incendiada por nuestros enemigos hace mucho tiempo. Sin embargo la reconquistamos, en la época en
que Denethor aún era joven: no para vivir en ella sino para mantenerla como puesto de avanzada, y
reconstruimos el puente para el paso de nuestras tropas. Pero entonces vinieron de Minas Morgul los
Jinetes Negros.
--¿Los Jinetes Negros? --dijo Pippin, abriendo mucho los ojos, ensombrecidos por la
reaparición de un viejo temor.
--Sí, eran negros --dijo Beregond--, y veo que algo sabes de esos jinetes, aunque no los
mencionaste en tus historias.
--Algo sé --dijo Pippin en voz baja--, pero no quiero hablar ahora, tan cerca, tan cerca... --
Calló de pronto, y al alzar los ojos por encima del río le pareció que todo cuanto veía alrededor era una
sombra vasta y amenazante; tal vez fueran sólo unas montañas, unos picos mellados en el horizonte,
desdibujados por veinte leguas de aire neblinoso; o quizás un banco de nubes que ocultaba una oscuridad
todavía más profunda. Pero mientras miraba tenía la impresión de que la oscuridad crecía y se cerraba,
muy lentamente, lentamente elevándose hasta ensombrecer las regiones del sol.
--¿Tan cerca de Mordor? --dijo Beregond en un susurro--. Sí, está allí. Rara vez los
nombramos, pero hemos vivido siempre con esa oscuridad a la vista; algu nas veces parece más tenue y
distante; otras más cercana y espesa. Ahora la vemos crecer crecer, y así crecen también nuestros temores
y nuestra desazón. Hace menos de un año los Jinetes Negros volvieron a conquistar los pasos, y muchos
de nuestros mejores hombres cayeron allí. Luego Boromir echó al enemigo más allá de esta orilla
occidental, y aún conservamos la mitad de Osgiliath. Por poco tiempo. Ahora esperamos un nuevo ataque,
quizás el más violento de la guerra que se avecina.
--¿Cuándo? --preguntó Pippin--. ¿Tienes alguna idea? Porque anoche vi los fuegos de alarma
y a los correos. Y Gandalf dijo que era señal de que la guerra había comenzado. Me pareció que tenía
mucha prisa por venir. Sin embargo, se diría que ahora todo está en calma.
--Sólo porque ya todo está pronto --dijo Beregond--. No es más que el último respiro, antes de
echarse al agua.
--Pero ¿por qué anoche estaban encendidos los fuegos de llamada?
--Es tarde para ir en busca de socorros si ya ha empezado el sitio --respondió Beregond--. Pero
el Señor y los Capitanes saben cómo obtener noticias, e ignoro qué deciden. Y el Señor Denethor no es
como todos los hombres: tiene la vista larga. Algunos dicen que cuando por las noches se sienta a solas en
la alta estancia de la Torre, y escudriña con el pensamiento por aquí y por allá, logra por momentos leer
en el futuro; y que a veces hasta mira en la mente del enemigo y lucha con él.
Por eso está tan envejecido, consumido antes de tiempo. De todos modos, mi señor Faramir ha
partido a cumplir alguna misión peligrosa del otro lado del río, y es posible que haya enviado noticias.
»Pero si quieres saber lo que pienso: fueron las noticias que llegaron anoche del Lebennin lo que
encendió las hogueras. Una gran flota se acerca, a la desembocadura del Anduin, tripulada por los
corsarios de Umbar, un país del Sur. Hace tiempo que dejaron de temer el poderío de Góndor, y se han
aliado al enemigo, y ahora intentan ayudarle con un golpe duro. Porque este ataque nos restará gran parte
del auxilio que contábamos recibir de Lebennin y Belfalas, donde los hombres son valientes y numerosos.
Por eso nuestros pensamientos se vuelven tanto más hacia el Norte, hacia Rohan, y tanto más nos alegran
las noticias de victoria que habéis traído.
»Y sin embargo... --hizo una pausa y se puso de pie, y miró en derredor, al norte, al este, al
sur--, los acontecimientos de Isengard eran inequívocos: estamos envueltos en una gran red estratégica.
Ya no se trata de simples escaramuzas en los vados, de correrías organizadas por las gentes de Ithilien y
Ano ríen, de emboscadas y pillaje. Esta es una guerra grande, largamente planeada, y en la que somos
sólo una pieza, diga lo que diga nuestro orgullo. Las cosas se mueven en el lejano Este, más allá del Mar
Interior, según las noticias; y en el Norte y en el Bosque Negro y más lejos aún; y en el Sur en Harad. Y
ahora todos los reinos tendrán que pasar por la misma prueba: resistir o sucumbir... bajo la Sombra.
»No obstante, maese Peregrin, tenemos este honor: nos toca siempre soportar los más duros
embates del odio del Señor Oscuro, un odio que viene de los abismos del tiempo y de lo más profundo del


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