Entonces todos los Capitanes del Oeste prorrumpieron en gritos, porque en medio de tanta
oscuridad una nueva esperanza henchía los corazones. Y desde las colinas sitiadas los Caballeros de
Góndor, los Jinetes de Rohan, los Dúnedain del Norte, compañías compactas de valientes guerreros, se
precipitaron sobre los adversarios vacilantes, abriéndose paso con el filo implacable de las lanzas. Pero
Gandalf alzó los brazos y una vez más los exhortó con voz clara.
-- ¡Deteneos, Hombres del Oeste! ¡Deteneos y esperad! Ha sonado la hora del destino.
Y aun mientras pronunciaba estas palabras, la tierra se estremeció bajo los pies de los hombres,
una vasta oscuridad llameante invadió el cielo, y se elevó por encima de las Torres de la Puerta Negra,
más alta que las montañas. Tembló y gimió la tierra. Las Torres de los Dientes se inclinaron, vacilaron un
instante y se desmoronaron; en escombros se desplomó la poderosa muralla; la Puerta Negra saltó en
ruinas, y desde muy lejos, ora apagado, ora creciente, trepando hasta las nubes, se oyó un tamborileo
sordo y prolongado, un estruendo, los largos ecos de un redoble de destrucción y ruina.
--¡El reino de Sauron ha sucumbido! --dijo Gandalf--. El Portador del Anillo ha cumplido la
Misión. --Y al volver la mirada hacia el sur, hacia el país de Mordor, los Capitanes creyeron ver, negra
contra el palio de las nubes, una inmensa forma de sombra impenetrable, coronada de relámpagos, que
invadía toda la bóveda del cielo; se desplegó gigantesca sobre el mundo, y tendió hacia ellos una gran
mano amenazadora, terrible pero impotente: porque en el momento mismo en que empezaba a descender,
un viento fuerte la arrastró y la disipó; y siguió un silencio profundo.
Los Capitanes del Oeste bajaron entonces las cabezas; y cuando las volvieron a alzar he aquí que
los enemigos se dispersaban en fuga y el poder de Mordor se deshacía como polvo en el viento. Así como
las hormigas que cuando ven morir a la criatura despótica y malévola que las tiene sometidas en la colina
pululante, echan a andar sin meta ni propósito, y se dejan morir, así también las criaturas de Sauron, orcos
y trolls, y bestias hechizadas, corrían despavoridas de un lado a otro; y algunas se dejaban morir o se
mataban entre ellas, otras se arrojaban a los fosos, o huían gimiendo a esconderse en agujeros oscuros,
lejos de toda esperanza. Pero los hombres de Rhün y de Harad, los del Este y los Sureños, viendo la gran
majestad de los Capitanes del Oeste, daban ya por perdida la guerra. Y los que por más largo tiempo
habían estado al servicio de Mordor, los que más se habían sometido a aquella servidumbre, aquellos que
odiaban al Oeste, y eran aún arrogantes y temerarios, se unieron decididos a dar una última batalla
desesperada. Pero los demás huían hacia el este; y algunos arrojaban las armas e imploraban clemencia.
Entonces Gandalf, dejando la conducción de la batalla en manos de Aragorn y de los otros
capitanes, llamó desde la colina; y la gran águila Gwaihir, el Señor de los Vientos, descendió y se posó a
los pies del mago.
--Dos veces me has llevado ya en tus alas, Gwaihir, amigo mío --dijo Gandalf--. Esta será la
tercera y la última, si tú quieres. No seré una carga mucho más pesada que cuando me recogiste en
Zirakzigil, donde ardió y se consumió mi vieja vida.
--A donde tú me pidieras te llevaría --respondió Gwaihir--, aunque fueses de piedra.
--Vamos, pues, y que tu hermano nos acompañe, junto con otro de tus vasallos más veloces. Es
menester que volemos más raudos que todos los vientos, superando a las alas de los Nazgül.
--Sopla el Viento del Norte --dijo Gwaihir--, pero lo venceremos. --Y levantó a Gandalf y
voló rumbo al sur, seguido por Landroval, y por el joven y veloz Meneldor. Y volando pasaron sobre
Udün y Gorgoroth, y vieron toda la tierra destruida y en ruinas, y ante ellos el Monte del Destino, que
humeaba y vomitaba fuego.
--Me hace feliz que estés aquí conmigo --dijo Frodo--. Aquí al final de todas las cosas, Sam.
--Sí, estoy con usted, mi amo --dijo Sam, con la mano herida de Frodo suavemente apretada
contra el pecho--. Y usted está conmigo. Y el viaje ha terminado. Pero después de haber andado tanto, no
quiero aún darme por vencido. No sería yo, si entiende lo que le quiero decir.
--Tal vez no, Sam --dijo Frodo--, pero así son las cosas en el mundo. La esperanza se
desvanece. Se acerca el fin. Ahora sólo nos queda una corta espera. Estamos perdidos en medio de la
ruina y de la destrucción, y no tenemos escapatoria.
--Bueno, mi amo, de todos modos podríamos alejarnos un poco de este lugar tan peligroso, de
esta Grieta del Destino, si así se llama. ¿ No le parece? Venga, señor Frodo, bajemos al menos al pie de
este sendero.




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