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EL MONTE DEL DESTINO
Sam se quitó la andrajosa capa de orco y la deslizó debajo de la cabeza de su amo; luego abrigó
su cuerpo y el de Frodo con el manto gris de Lorien; y mientras lo hacía recordó de nuevo aquella tierra
maravillosa y a la hermosa gente, confiando contra toda esperanza que el paño tejido por las manos
élficas tendría la virtud de esconderlos en ese páramo aterrador. Los gritos y rumores de la refriega se
fueron alejando a medida que las tropas se internaban en la Garganta de Hierro. Al parecer, en medio de
la confusión y el tumulto la desaparición de los hobbits había pasado inadvertida, al menos por el
momento.
Sam tomó un sorbo de agua, pero consiguió que Frodo también bebiera, y no bien lo vio algo
recobrado le dio una oblea entera del precioso pan del camino y lo obligó a comerla. Entonces, demasiado
rendidos hasta para sentir miedo, se echaron a descansar. Durmieron durante un rato, pero con un sueño
intranquilo y entrecortado; el sudor se les helaba contra la piel, y las piedras duras les mordían la carne; y
tiritaban de frío. Desde la Puerta Negra en el norte y a través de Cirith Ungol corría susurrando a ras del
suelo un soplo cortante y glacial.
Con la mañana volvió la luz gris; pues en las regiones altas soplaba aún el viento del oeste, pero
abajo, sobre las piedras y en los recintos de la Tierra Tenebrosa, el aire parecía muerto, helado, y a la vez
sofocante. Sam se asomó a mirar. Todo alrededor el paisaje era chato, pardo y tétrico. En los caminos
próximos nada se movía; pero Sam temía los ojos avizores del muro de la Garganta de Hierro, a apenas
unas doscientas yardas de distancia hacia el norte. Al sudeste, lejana como una sombra oscura y vertical,
se erguía la Montaña. Y de ella brotaban humaredas espesas, y aunque las que trepaban a las capas
superiores del aire se alejaban a la deriva rumbo al este, alrededor de los flancos rodaban unos nubarrones
que se extendían por toda la región. Algunas millas más al noreste se elevaban como fantasmas grises y
sombríos los contrafuertes de los Montes de Ceniza, y por detrás de ellos, como nubes lejanas apenas más
oscuras que el cielo sombrío, asomaban envueltas en brumas las cumbres septentrionales.
Sam trató de medir las distancias y de decidir qué camino les convendría tomar.
--Yo diría que hay por lo menos unas cincuenta millas --murmuró, preocupado, mientras
contemplaba la montaña amenazadora--, y si es un trecho que en condiciones normales se recorre en un
día, a nosotros, en el estado en que se encuentra el señor Frodo, nos llevará una semana. --Movió la
cabeza, y mientras reflexionaba, un nuevo pensamiento sombrío creció poco a poco en él. La esperanza
nunca se había extinguido por completo en el corazón animoso y optimista de Sam, y hasta entonces
siempre había confiado en el retorno. Pero ahora, de pronto, veía a todas luces la amarga verdad: en el
mejor de los casos las provisiones podrían alcanzar hasta el final del viaje, pero una vez cumplida la
misión, no habría nada más: se encontrarían solos, sin un hogar, sin alimentos en medio de un pavoroso
desierto. No había ninguna esperanza de retorno.
«¿Así que era esta la tarea que yo rne sentía llamado a cumplir, cuando partimos?», pensó Sam.
«¿Ayudar al señor Frodo hasta el final, y morir con él? Y bien, si esta es la tarea, tendré que llevarla a
cabo. Pero desearía con toda el alma volver a ver Delagua, y a Rosita Coto y sus hermanos, y al Tío, y a
Maravilla y a todos. Me cuesta creer que Gandalf le encomendara al señor Frodo esta misión, si se trataba
de un viaje sin esperanza de retorno. Fue en Moria donde las cosas empezaron a andar atravesadas,
cuando Gandalf cayó al abismo. ¡Qué mala suerte! El habría hecho algo.»
Pero la esperanza que moría, o parecía morir en el corazón de Sam, se tranformó de pronto en
una fuerza nueva. El rostro franco del hobbit se puso serio, casi adusto; la voluntad se le fortaleció de
súbito, un estremecimiento lo recorrió de arriba abajo, y se sintió como transmutado en una criatura de
piedra y acero, inmune a la desesperación y la fatiga, a quien ni las incontables millas del desierto podían
amilanar.
Sintiéndose de algún modo más responsable, volvió los ojos al mundo, y pensó en la próxima
movida. Y cuando la claridad aumentó, notó con sorpresa que lo que a la distancia le habían parecido
bajíos desnudos e informes era en realidad una llanura anfractuosa y resquebrajada. La altiplanicie de
Gorgoroth estaba surcada en toda su extensión por grandes cavidades, como si en los tiempos en que era
aún un desierto de lodo hubiera sido azotada por una lluvia de rayos y peñascos. Los bordes de los fosos
más grandes eran de roca triturada y de ellos partían largas fisuras en todas direcciones. Un terreno de esa
naturaleza se habría prestado para que alguien fuerte y que no tuviese prisa alguna pudiera arrastrarse de
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