-- Conducid al señor Mithrandir a los aposentos que le han sido preparados --dijo Denethor--,
y su compañero puede alojarse con él por ahora, si así lo desea. Pero que se sepa que le he hecho jurar
fidelidad a mi servicio; de hoy en adelante se le conocerá con el nombre de Peregrin hijo de Paladín y se
le enseñarán las contraseñas menores. Mandad decir a los Capitanes que se presenten ante mí lo antes
posible después que haya sonado la hora tercera.
»Y tú, mi señor Mithrandir, también podrás ir y venir a tu antojo. Nada te impedirá visitarme
cuando tú lo quieras, salvo durante mis breves horas de sueño. ¡Deja pasar la cólera que ha provocado en
ti la locura de un anciano, y vuelve luego a confortarme!
¿Locura? respondió Gandalf. No, monseñor, si alguna vez te conviertes en un viejo chocho, ese
día morirás. Si hasta eres capaz de utilizar el dolor para ocultar tus maquinaciones. ¿Crees que no
comprendí tus propósitos al interrogar durante una hora al que menos sabe, estando yo presente?
Si lo has comprendido, date por satisfecho replicó Denethor--. Locura sería, que no orgullo,
desdeñar ayuda y consejos en tiempos de necesidad; pero tú sólo dispensas esos dones de acuerdo con tus
designios secretos. Mas el Señor de Gondor no habrá de convertirse en instrumento de los designios de
otros hombres, por nobles que sean. Y para él no hay en el mundo en que hoy vivimos una meta más alta
que el bien de Gondor; y el gobierno de Gondor, monseñor, está en mis manos y no en las de otro
hombre, a menos que retornara el rey.
--¿A menos que retornara el rey? --repitió Gandalf--. Y bien, señor Senescal, tu misión es
conservar del reino todo lo que puedas aguardando ese acontecimiento que ya muy pocos hombres
esperan ver. Para el cumplimiento de esa tarea, recibirás toda la ayuda que desees. Pero una cosa quiero
decirte: yo no gobierno en ningún reino, ni en el de Gondor ni en ningún otro, grande o pequeño. Pero me
preocupan todas las cosas de valor que hoy peligran en el mundo. Y yo por mi parte, no fracasaré del todo
en mi trabajo, aunque Gondor perezca, si algo aconteciera en esta noche que aún pueda crecer en belleza
y dar otra vez flores y frutos en los tiempos por venir. Pues también yo soy un senescal. ¿No lo sabías?
Y con estas palabras dio media vuelta y salió del salón a grandes pasos, mientras Pippin corría
detrás.
Gandalf no miró a Pippin mientras se marchaban, ni le dijo una sola palabra. El guía que
esperaba a las puertas del palacio los condujo a través del Patio del Manantial hasta un callejón
flanqueado por edificios de piedra. Después de varias vueltas llegaron a una casa vecina al muro de la
ciudadela, del lado norte, no lejos del brazo que unía la colina a la montaña. Una vez dentro, el guía los
llevó por una amplia escalera tallada, al primer piso sobre la calle, y luego a una estancia acogedora,
luminosa y aireada, decorada con hermosos tapices de colores lisos con reflejos de oro mate. La estancia
estaba apenas amueblada, pues sólo había allí una mesa pequeña, dos sillas y un banco; pero a ambos
lados detrás de unas cortinas había alcobas, provistas de buenos lechos y de vasijas y jofainas para
lavarse. Tres ventanas altas y estrechas miraban al norte, hacia la gran curva del Anduin todavía envuelto
en la niebla, y los Emyn Muil y el Rauros en lontananza. Pippin tuvo que subir al banco para asomarse
por encima del profundo antepecho de piedra.
--¿Estás enfadado conmigo, Gandalf ? --dijo cuando el guía salió de la habitación y cerró la
puerta--. Lo hice lo mejor que pude.
--¡Lo hiciste, sin duda! --respondió Gandalf con una súbita carcajada; y acercándose a Pippin
se detuvo junto a él y rodeó con un brazo los hombros del hobbit, mientras se asomaba por la ventana.
Pippin echó una mirada perpleja al rostro ahora tan próximo al suyo, pues la risa del mago había sido
suelta y jovial. Sin embargo, al principio sólo vio en el rostro de Gandalf arrugas de preocupación y
tristeza; no obstante, al mirar con más atención advirtió que detrás había una gran alegría: un manantial
de alegría que si empezaba a brotar bastaría para que todo un reino estallara en carcajadas.
-- Claro que lo hiciste --dijo el mago--; y espero que no vuelvas a encontrarte demasiado
pronto en un trance semejante, entre dos viejos tan terribles. De todos modos el Señor de Góndor ha
sabido por ti mucho más de lo que tú puedes sospechar, Pippin. No pudiste ocultar que no fue Boromir
quien condujo a la Compañía fuera de Moría, ni que había entre vosotros alguien de alto rango que iba a
Minas Tirith; y que llevaba una espada famosa. En Gondor la gente piensa mucho en las historias del
pasado, y Denethor ha meditado largamente en el poema y en las palabras el Daño de Iñldur, después de
la partida de Boromir.
»No es semejante a los otros hombres de esta época, Pippin, y cualquiera que sea su ascendencia,
por un azar extraño la sangre de Oesternesse le corre casi pura por las venas; como por las de su otro hijo,
Faramir, y no por las de Boromir, en cambio, que sin embargo era el predilecto. Sabe ver a la distancia, y



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