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EL ABISMO DE HELM
El sol declinaba ya en el poniente cuando partieron de Edoras, llevando en los ojos la luz
del atardecer, que envolvía los ondulantes campos de Rohan en una bruma dorada. Un
camino trillado costeaba las estribaciones de las Montañas Blancas hacia el noroeste y en él
se internaron, subiendo y bajando y vadeando numerosos riachos que corrían y saltaban
entre las rocas de la campiña verde. A lo lejos y a la derecha asomaban las Montañas
Nubladas, cada vez más altas y más sombrías a medida que avanzaban las huestes. Ante
ellos, el sol se hundía lentamente. Detrás, venía la noche.
El ejército proseguía la marcha, empujado por la necesidad. Temiendo llegar
demasiado tarde, se adelantaban a todo correr y rara vez se detenían. Rápidos y resistentes
eran los corceles de Rohan, pero el camino era largo: cuarenta leguas o quizá más, a vuelo
de pájaro, desde Edoras hasta los vados del Isen, donde esperaban encontrar a los hombres
del rey que contenían a las tropas de Saruman.
Cayó la noche. Al fin se detuvieron a acampar. Habían cabalgado unas cinco horas y
habían dejado atrás buena parte de la llanura occidental, pero aún les quedaba por recorrer
más de la mitad del trayecto. En un gran círculo bajo el cielo estrellado y la luna creciente
levantaron el vivac. No encendieron hogueras, pues no sabían lo que la noche podía
depararles; pero rodearon el campamento con una guardia de centinelas montados y
algunos jinetes partieron a explorar los caminos, deslizándose como sombras entre los
repliegues del terreno. La noche transcurrió lentamente, sin novedades ni alarmas. Al
amanecer sonaron los cuernos y antes de una hora ya estaban otra vez en camino.
Aún no había nubes en el cielo, pero la atmósfera era pesada y demasiado calurosa para
esa época del año. El sol subía velado por una bruma, perseguido palmo a palmo por una
creciente oscuridad, como si un huracán se levantara en el este. Y a lo lejos, en el noroeste,
otra oscuridad parecía cernirse sobre las últimas estribaciones de las Montañas Nubladas,
una sombra que descendía arrastrándose desde el Valle del Mago.
Gandalf retrocedió hasta donde Legolas cabalgaba al la do de Eomer.
-Tú que tienes los ojos penetrantes de tu hermosa raza, Legolas -dijo-, capaces de
distinguir a una legua un gorrión de un jilguero: dime, ¿ves algo allá a lo lejos, en el camino
a Isengard?
-Muchas millas nos separan -dijo Legolas, y miró llevándose la larga mano a la frente y
protegiéndose los ojos de la luz-. Veo una oscuridad. Dentro hay formas que se mueven,
grandes formas lejanas a la orilla del río, pero qué son no lo puedo decir. No es una bruma
ni una nube lo que me impide ver: es una sombra que algún poder extiende sobre la tierra
para velarla y que avanza lentamente a lo largo del río. Es como si el crepúsculo
descendiera de las colinas bajo una arboleda interminable.
-Y la tempestad de Mordor nos viene pisando los talones -dijo Gandalf -. La noche será
siniestra.
En la jornada del segundo día, el aire parecía más pesado aún. Por la tarde, las nubes
oscuras los alcanzaron: un palio sombrío de grandes bordes ondulantes y estrías de luz
enceguecedora. El sol se ocultó, rojo sangre en una espesa bruma gris. Un fuego tocó las
puntas de las lanzas cuando los últimos rayos iluminaron las pendientes escarpadas del
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