-¡Feliz hora en la que has vuelto a nosotros, Gandalf! -exclamó el enano dando saltos y
cantando alto en la extraña lengua de los enanos-. ¡Vamos, vamos! -gritó, blandiendo el
hacha-. Ya que la cabeza de Gandalf es sagrada ahora, ¡busquemos una que podamos
hendir!
-No será necesario buscar muy lejos -dijo Gandalf levantándose-. ¡Vamos! Hemos
consumido todo el tiempo que se concede al reencuentro de los amigos. Ahora es necesario
apresurarse.
Se envolvió otra vez en aquel viejo manto andrajoso y encabezó el grupo. Los otros
lo siguieron y descendieron rápidamente desde la cornisa y se abrieron paso a través del
bosque siguiendo la margen del Entaguas. No volvieron a hablar hasta que se encontraron
de nuevo sobre la hierba más allá de los lindes de Fangorn. Nada se veía de los caballos.
No han vuelto -dijo Legolas-. Será una caminata fatigosa.
-Yo no caminaré. El tiempo apura -dijo Gandalf, y echando atrás la cabeza, emitió un
largo silbido. Tan clara y tan penetrante era la nota que a los otros les sorprendió que
saliera de aquellos viejos labios barbados. Gandalf silbó tres veces; y luego débil y l jano,
e
traído por el viento del este, pareció oírse el relincho de un caballo en las llanuras. Los
otros esperaron sorprendidos. Poco después llegó un ruido de cascos, al principio apenas
un estremecimiento del suelo que sólo Aragorn pudo oír con la cabeza sobre la hierba, y
que aumentó y se aclaró hasta que fue un golpeteo rápido.
-Viene más de un caballo -dijo Aragorn.
-Por cierto -dijo Gandalf-. Somos una carga demasiado pesada para uno solo.
-Hay tres -dijo Legolas, que observaba la llanura-. ¡Mirad cómo corren! Allí viene
Hasufel, ¡y mi amigo Arod viene al lado! Pero hay otro que encabeza la tropa: un caballo
muy grande. Nunca vi ninguno parecido.
-Ni nunca lo verás -dijo Gandalf-. Ese es Sombragris. Es el jefe de los Mearas, señores
de los caballos, y ni siquiera Théoden, Rey de Rohan, ha visto uno mejor. ¿No brilla acaso
como la plata y corre con la facilidad de una rápida corriente? Ha venido por mí: la
cabalgadura del Caballero Blanco. Iremos juntos al combate.
El viejo mago hablaba aún cuando el caballo grande subió la pendiente hacia él: le
brillaba la piel, las crines le flotaban al viento. Los otros dos animales venían lejos detrás.
Tan pronto como Sombragris vio a Gandalf, aminoró el paso y relinchó con fuerza; luego
se adelantó al trote e inclinando la orgullosa cabeza frotó el hocico contra el cuello del
viejo.
Gandalf lo acarició.
-Rivendel está lejos, amigo mío -dijo-, pero tú eres inteligente y rápido y vienes cuando
te necesitan. Haremos ahora juntos una larga cabalgata, ¡y ya no nos separaremos en este
mundo!
Pronto los otros caballos llegaron también y se quedaron quietos y tranquilos, como
esperando órdenes.
-Iremos en seguida a Meduseld, la morada de vuestro amo, Théoden -dijo Gandalf
hablándoles gravemente; y los animales inclinaron las cabezas-. El tiempo escasea, de
modo que con vuestro permiso, amigos míos, montaremos ahora. Os agradeceríamos que
fueseis tan rápidos como podáis. Hasufel llevará a Aragorn y Arod a Legolas. Gimli irá
conmigo, si Sombragris nos lo permite. Sólo nos detendremos ahora a beber un poco.
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