podremos ayudarlos mucho, excepto sentarnos con ellos y mostrarles nuestra amistad y
morirnos juntos de hambre.
-Si en verdad eso es todo lo que podemos hacer, tenemos que hacerlo -dijo Aragorn-.
Sigamos.
Llegaron al fin al extremo abrupto de la colina de Bárbol y observaron la pared de
piedra con aquellos toscos escalones que llevaban a la elevada saliente. Unos rayos de sol
caían a través de las nubes rápidas y el bosque parecía ahora menos gris y triste.
-¡Subamos para mirar un poco alrededor! -dijo Legolas-. Todavía me falta el aliento.
Me gustaría saborear un rato un aire más libre.
Los compañeros treparon. Aragorn iba detrás subiendo lentamente, mirando de cerca
los escalones y las cornisas.
-Podría asegurar que los hobbits subieron por aquí -dijo-, pero hay otras huellas, huellas
muy extrañas que no entiendo. Me pregunto si desde esta cornisa podríamos ver algo que
nos ayudara a saber a dónde han ido.
Se enderezó y miró alrededor, pero no vio nada de provecho. La cornisa daba al sur y
al este, pero la perspectiva era amplia sólo en el este. Allí se veían las copas de los árboles
que descendían en filas apretadas hacia la llanura por donde habían venido.
-Hemos dado un largo rodeo -dijo Legolas-. Podíamos haber llegado aquí todos juntos
y sanos y salvos si hubiéramos dejado el Río Grande el segundo o tercer día para ir hacia el
oeste. Raros son aquellos capaces de prever a dónde los llevará el camino, antes de llegar.
-Pero no deseábamos venir a Fangorn -señaló Gimli.
-Sin embargo aquí estamos; y hemos caído limpiamente en la red -dijo Legolas-. ¡Mira!
-¿Mira qué? -preguntó Gimli.
-Allí en los árboles.
-¿Dónde? No tengo ojos de elfo.
-¡Cuidado, habla más bajo! -dijo Legolas apuntando-. Allá abajo en el bosque, en el
camino por donde hemos venido. ¿No lo ves, pasando de árbol en árbol?
-¡Lo veo, ahora lo veo! - siseó Gimli Mira, Aragorn! ¿No te lo advertí? Todo en
andrajos grises y sucios: por eso no pude verlo al principio.
Aragorn miró y vio una figura inclinada que se movía lentamente. No estaba muy lejos.
Parecía un viejo mendigo, que caminaba con dificultad, apoyándose en una vara tosca. Iba
cabizbajo y no miraba hacia ellos. En otras tierras lo hubieran saludado con palabras
amables: pero ahora lo miraban en silencio, inmóviles, dominados todos por una rara
expectativa; algo se acercaba trayendo un secreto poder, o una amenaza.
Gimli observó un rato con los ojos muy abiertos, mientras la figura se acercaba paso a
paso. De pronto estalló, incapaz ya de dominarse.
-¡Tu arco, Legolas! ¡Tiéndelo! ¡Prepárate! Es Saruman. ¡No permitas que hable, o que
nos eche un encantamiento! ¡Tira primero!
Legolas tendió el arco y se dispuso a tirar, lentamente, como si otra voluntad se le
resistiese. Tenía una flecha en la mano y no la ponía en la cuerda. Aragorn callaba, el
rostro atento y vigilante.
-¿Qué esperas? ¿Qué te pasa? -dijo Gimli en un murmullo sibilante.
-Legolas tiene razón -dijo Aragorn con tranquilidad-. No podemos tirar así sobre un
viejo, de improviso y sin provocación, aun dominados por el miedo y la duda. ¡Mira y
espera!
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