-¿Dónde está la Cámara de los Ents? se atrevió a preguntar Pippin. -¿Hu, eh? ¿La
Cámara de los Ents? dijo Bárbol, dándose vuelta-. No es un lugar, es una reunión de ents,
lo que no ocurre a menudo. Pero he conseguido que un número considerable me
prometiera venir. Nos reuniremos en el sitio donde nos hemos reunido siempre. El Valle
Emboscado, lo llaman los hombres. Está lejos de aquí, en el sur. Tenemos que llegar allí
antes del mediodía.
Partieron sin tardanza, Bárbol llevó en brazos a los hobbits, como en la víspera. A la
entrada del patio dobló a la derecha, atravesó de una zancada la corriente y caminó a
grandes pasos hacia el sur bordeando las faldas de piedras desmoronadas donde los árboles
eran raros. Los hobbits alcanzaron a distinguir montes de abedules y fresnos y más arriba
unos pinos sombríos. Pronto Bárbol se apartó un poco de las colinas para meterse en unos
bosquecillos profundos; los hobbits nunca habían visto hasta entonces árboles más grandes,
más altos y más gruesos. Durante un momento creyeron tener aquella sensación de ahogo
que los había asaltado cuando entraron por primera vez en Fangorn, pero pasó pronto.
Bárbol no les hablaba. Canturreaba entre dientes, con un tono grave y meditativo, pero
Merry y Pippin no alcanzaban a distinguir las palabras: sonaba bum, bum, rumbum, burar,
bum, bum, dahrar bum bum, dahrar bum y así continuamente con un cambio incesante de
notas y ritmos. De cuando en cuando creían oír una respuesta, un zumbido, o un sonido
tembloroso que salía de la tierra, o que venía de las ramas altas, o quizá de los troncos de
los árboles; pero Bárbol no se detenía ni volvía la cabeza a uno u otro lado.
Había estado caminando un largo rato -Píppin había tratado de llevar cuenta de los
pasos-de-ent, pero se había perdido alrededor de los tres mil- cuando Bárbol empezó a
aflojar el paso. De pronto se detuvo, bajó a los hobbits y se l evó a la boca las manos
juntas, como formando un tubo hueco. Luego sopló o llamó. Un gran hum, hom resonó en
los bosques como un cuerno grave y pareció que los árboles devolvían el eco. De lejos y de
distintos sitios llegó un similar hum, hom, hum que no era un eco sino una respuesta.
Bárbol cargó a Merry y Pippin sobre los hombros y echó a andar otra vez, lanzando de
cuando en cuando otra llamada de cuerno, y las respuestas eran cada vez más claras y
próximas. De este modo llegaron al fin a lo que parecía ser un muro impenetrable de
árboles oscuros y de hoja perenne, árboles de una especie que los hobbits nunca habían
visto antes: las ramas salían directamente de las raíces y estaban densamente cubiertas de
hojas oscuras y lustrosas como de acebo, pero sin espinas, y en el extremo de unos peciolos
tiesos y verticales brillaban unos botones grandes y brillantes de color oliva.
Volviéndose a la izquierda y bordeando esta cerca enorme, Bárbol llegó en unas pocas
zancadas a una entrada angosta. Un sendero donde se veían muchas huellas atravesaba la
cerca y bajaba de pronto por una pendiente larga y abrupta. Los hobbits vieron que estaban
descendiendo a un valle grande, casi tan redondo como un tazón, muy ancho y profundo,
coronado en el borde por la alta cerca de árboles oscuros. El interior era liso y herboso y no
había árboles excepto tres abedules plateados muy altos y hermosos que crecían en el fondo
del tazón. Otros dos senderos bajaban al valle: desde el oeste y desde el este.
Vario s ents habían llegado ya. Más estaban descendiendo por los otros senderos y
algunos seguían ahora a Bárbol. Cuando se acercaron, los hobbits los miraron con
curiosidad. Habían esperado ver un cierto número de criaturas parecidas a Bárbol así como
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