-¡Adiós, Aragorn! ¡Ve a Minas Tirith y salva a mi pueblo! Yo he fracasado.
-¡No! -dijo Aragorn tomándole la mano y besándole la frente-. Has vencido. Pocos
hombres pueden reclamar una victoria semejante. ¡Descansa en paz! ¡Minas Tirith no
caerá!
Boromir sonrió.
-¿Por dónde fueron? ¿Estaba Frodo allí? -preguntó Aragorn.
Pero Boromir no dijo más.
-¡Ay! -dijo Aragorn-. ¡Así desaparece el heredero de Denethor, Señor de la Torre de la
Guardia! Un amargo fin. La Compañía está deshecha. Soy yo quien ha fracasado. Vana
fue la confianza que Gandalf puso en mí. ¿Qué haré ahora? Boromir me ha obligado a ir a
Minas Tirith y mi corazón así lo desea, ¿pero dónde están el Anillo y el Portador? ¿Cómo
encontrarlos e impedir que la Búsqueda termine en un desastre?
Se quedó un momento de rodillas doblado por el llanto, aferrado a la mano de Boromir.
Así lo encontraron Legolas y Gimli. Vinieron de las faldas occidentales de la colina, en
silencio, arrastrándose entre los árboles como si estuvieran de caza. Gimli esgrimía el
hacha y Legolas el largo cuchillo; no les quedaba ninguna flecha. Cuando desembocaron
en el claro, se detuvieron con asombro y en seguida se quedaron quietos un momento,
cabizbajos, abrumados de dolor, pues veían claramente lo que había ocurrido.
-¡Ay! -dijo Legolas acercándose a Aragorn-. Hemos perseguido y matado a muchos
orcos en el bosque, pero aquí hubiésemos sido más útiles. Vinimos cuando oímos el
corno... demasiado tarde, parece. Temía que estuvieras mortalmente herido.
-Boromir está muerto -dijo Aragorn-. Yo estoy ileso, pues no me encontraba aquí con
él. Cayó defendiendo a los hobbits mientras yo estaba arriba en la colina.
-¡Los hobbits! -gritó Gimli-. ¿Dónde están entonces? ¿Dónde está Frodo?
-No lo sé -respondió Aragorn con cansancio -. Boromir me dijo antes de morir que los
orcos se los habían llevado atados; no creía que estuvieran muertos. Yo lo envié a que
siguiera a Merry y a Pippin, pero no le pregunté si Frodo o Sam estaban con él: no hasta
que fue demasiado tarde. Todo lo que he emprendido hoy ha salido torcido. ¿Qué haremos
ahora?
-Primero tenemos que ocuparnos del caído -dijo Legolas-. No podemos dejarlo aquí
como carroña entre esos orcos espantosos.
-Pero hay que darse prisa -dijo Gimli-. El no hubiese querido que nos retrasáramos.
Tenemos que seguir a los orcos, si hay esperanza de que alguno de la Compañía sea un
prisionero vivo.
-Pero no sabemos si el Portador del Anillo está con ellos o no -dijo Aragorn-. ¿Vamos a
abandonarlo? ¿No tendríamos que buscarlo primero? ¡La elección que se nos presenta
ahora es de veras funesta! -Pues bien, hagamos ante todo lo que es ineludible -dijo Legolas-
. No tenemos ni tiempo ni herramientas para dar sepultura adecuada a nuestro amigo.
Podemos cubrirlo con piedras.
-La tarea será pesada y larga; las piedras que podrían servirnos están casi a orillas del
río.
-Entonces pongámoslo en una barca con las armas de él y las armas de los enemigos
vencidos -dijo Aragorn -. Lo enviaremos a los Saltos de Ra uros y lo dejaremos en manos
del Anduin. El Río de Gondor cuidará al menos de que ninguna criatura maligna deshonre
los huesos de Boromir.

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