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LA PARTIDA DE BOROMIR
Aragorn subió rápidamente la colina. De vez en cuando se inclinaba hasta el suelo. Los
hobbits tienen el paso leve y no dejan huellas fáciles de leer, ni siquiera para un Montaraz,
pero no lejos de la cima un manantial cruzaba el sendero y Aragorn vio en la tierra húmeda
lo que estaba buscando.
«Interpreto bien los signos», se dijo. «Frodo corrió a lo alto de la colina. ¿Qué habrá visto
allí, me pregunto? Pero luego bajó por el mismo camino.»
Aragorn titubeó. Hubiera querido ir él mismo hasta el elevado sitial, esperando ver algo
que lo orientase de algún modo, pero el tiempo apremiaba. De pronto dio un salto hacia
adelante y corrió a la cima; atravesó las grandes losas y subió por los escalones. Luego,
sentándose en el alto sitial, miró alrededor. Pero el sol parecía oscuro y el mundo apagado
y lejano. Se volvió desde el Norte y dio una vuelta completa hasta mirar de nuevo al Norte
y no vio nada excepto las colinas distantes, aunque allá a lo lejos la forma de un pájaro
grande parecido a un águila planeaba en el cielo otra vez y descendía a tierra en círculos
amplios y lentos.
Aún mientras observaba alcanzó a oír unos sonidos débiles en el bosque que se extendía
allá abajo al oeste del río. Se enderezó. Eran gritos y entre ellos reconoció con horror las
voces roncas de los orcos. Un instante después resonó de súbito la llamada profunda y
gutural de un corno, y los ecos golpearon las colinas y se extendieron por las hondonadas,
elevándose sobre el rugido de las aguas en un poderoso clamor.
-¡El cuerno de Boromir! - gritó Aragorn-. ¡Boromir está en dificultades! -Se lanzó
escalones abajo, y se alejó saltando por el sendero.- ¡Ay! Hoy me persigue un destino
funesto, y todo lo que hago sale torcido. ¿Dónde está Sam?
Mientras corría los gritos aumentaron, pero la llamada del corno era ahora más débil y
más desesperada. Los aullidos de los orcos se alzaron, feroces y agudos y de pronto el
corno calló. Aragorn bajó a todo correr la última pendiente, pero antes que llegara al pie de
la colina, los sonidos fueron apagándose, y cuando dobló a la izquierda para correr tras
ellos, comenzaron a retirarse hasta que al fin ya no pudo oírlos. Sacando la espada brillante
y gritando Elendil! Elendil! se precipitó entre los árboles.
A una milla quizá de Parth Galen, en un pequeño claro no lejos del lago, encontró a
Boromir. Estaba sentado de espaldas contra un árbol grande y parecía descansar. Pero
Aragorn vio que estaba atravesado por muchas flechas empenachadas de negro; sostenía
aún la espada en la mano, pero se le había roto cerca de la empuñadura. En el suelo y
alrededor yacían muchos orcos.
Aragorn se arrodilló junto a él. Boromir abrió los ojos y trató de hablar. Al fin salieron
unas palabras, lentamente.
-Traté de sacarle el Anillo a Frodo -dijo-. Lo siento. He pagado. -Echó una ojeada a
los enemigos caídos; veinte por lo menos estaban tendidos allí cerca. - Partieron. Los
medianos se los llevaron los orcos. Pienso que no están muertos. Los orcos los
maniataron.
Hizo una pausa y se le cerraron los ojos, cansados. Al cabo de un momento habló otra
vez.
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