acercado a caballo y desmontando en silencio se habían arrastrado hasta los bordes del
campamento. Allí mataron a varios orcos y se perdieron otra vez en las tinieblas. Uglúk
corrió a prevenir una huida precipitada.
Pippin y Merry se enderezaron. Los guardias isengardos habían partido con Uglúk.
Pero si los hobbits creyeron poder escapar, la esperanza les duró poco. Un brazo largo y
velludo los tomó por el cuello y los juntó, arrastrándolos. Alcanzaron a ver la cabezota y la
cara horrible de Grishnákh entre ellos. Sentían en las mejillas el aliento infecto del orco,
que se puso a manosearlos y a palparlos. Pippin se estremeció cuando unos dedos duros y
fríos le bajaron tanteando por la espalda.
-¡Bueno, mis pequeños! -dijo Grishnákh en un susurro sofocado ¿Disfrutando de un
bonito descanso? ¿O no? No en muy buena posición, quizás; espadas y látigos de un lado y
lanzas traicioneras del otro. Las gentes pequeñas no tendrían que meterse en asuntos
demasiado grandes.
Los dedos de Grishnákh seguían tanteando. Tenía en los ojos una luz que era como un
fuego, pálido pero ardiente.
La idea se le ocurrió de pronto a Pippin, como si le hubiera llegado directamente de los
pensamientos que urgían al orco. «¡Grishnákh conoce la existencia del Anillo! Está
buscándolo, mientras Uglúk se ocupa de otras cosas; es probable que lo quiera para él. »
Pippin sintió un miedo helado en el corazón, pero preguntándose al mismo tiempo cómo
podría utilizar en provecho propio el deseo de Grishnákh.
-No creo que ese sea el modo -murmuró-. No es fácil de encontrar.
-¿Encontrar? -dijo Grishnákh; los dedos dejaron de hurgar y se cerraron en el hombro
de Pippin-. ¿Encontrar qué? ¿De qué estás hablando, pequeño?
Pippin calló un momento. Luego, de pronto, gorgoteó en la oscuridad: gollum, gollum.
-Nada, mi tesoro -añadió.
Los hobbits sintieron que los dedos se le crispaban a Grishnákh. -¡Oh ah! -siseó la
criatura entre dientes-. Eso es lo que quieres decir, ¿eh? ¡Oh ah! Muy, pero muy peligroso,
mis pequeños.
-Quizá -dijo Merry, atento ahora y advirtiendo la sospecha de Pippin-. Quizás y no sólo
para nosotros. Claro que usted sabrá mejor de qué se trata. ¿Lo quiere, o no? ¿Y qué daría
por él?
-¿Si yo lo quiero? ¿Si yo lo quiero? -dijo Grishnákh, como perplejo; pero le temblaban
los brazos-. ¿Qué daría por él? ¿Qué queréis decir?
-Queremos decir -dijo Pippin eligiendo con cuidado las palabras que no es bueno
tantear en la oscuridad. Podríamos ahorrarle tiempo y dificultades. Pero primero tendría
que desatarnos las piernas, o no haremos nada, ni diremos nada.
-Mis queridos y tiernos tontitos -siseó Grishnákh-, todo lo que tenéis y todo lo que
sabéis, se os sacará en el momento adecuado: ¡todo! Desearéis tener algo más que decir
para contentar al Inquisidor; así será en verdad y muy pronto. No apresuraremos el
interrogatorio. Claro que no. ¿Por qué pensáis que os perdonamos la vida? Mis pequeños
amiguitos, creedme os lo ruego si os digo que no fue por bondad. Ni siquiera Uglúk habría
caído en esa falta.
-No me cuesta nada creerlo -dijo Merry-. Pero aún no ha llevado la presa a destino. Y
no parece que vaya a parar a las manos de usted, pase lo que pase. Si llegamos a Isengard
no será el gran Grishnákh el beneficiario. Saruman tomará todo lo que pueda encontrar. Si
quiere algo para usted, es el momento de hacer un trato.

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