-No las necesito -dijo y lo montó ágilmente de un salto y ante el asombro de los otros,
Arod se mostró manso y dócil bajo Legolas y bastaba una palabra para que fuera o viniera
en seguida de aquí para allá; tal era la manera de los elfos con todas las buenas bestias.
Pusieron a Gimli detrás de Legolas y se aferró al elfo, no mucho más tranquilo que Sam
Gamyi en una embarcación.
-¡Adiós y que encuentres lo que buscas! -gritó Eomer-. Vuelve lo más rápido que
puedas, ¡y que juntas brillen entonces nuestras espadas!
-Vendré -dijo Aragorn.
-Y yo también vendré -dijo Gimli-. El asunto de la Dama Galadriel no está todavía
claro. Aún tengo que enseñarte el lenguaje de la cortesía.
-Ya veremos -dijo Eomer-. Se han visto tantas cosas extrañas que aprender a alabar a
una hermosa dama bajo los amables hachazos de un enano no parecerá mucha maravilla.
¡Adiós!
Los caballos de Rohan se alejaron rápidamente. Cuando poco después Gimli volvió la
cabeza, la compañía de Eomer era ya una mancha pequeña y distante. Aragorn no miró
atrás: observaba las huellas mientras galopaban, con la cabeza pegada al pescuezo de
Hasufel. No había pasado mucho tiempo cuando llegaron a los límites del Entaguas y allí
encontraron el rastro de que había hablado Eomer y que bajaba de las mesetas del Este.
Aragorn desmontó y examinó el suelo; en seguida, volviendo a montar de un salto,
cabalgó un tiempo hacia el este, manteniéndose a un lado y evitando pisar el rastro. Luego
se apeó otra vez y escudriñó el terreno adelante y atrás.
-Hay poco que descubrir -dijo al volver-. El rastro principal está todo confundido con
las huellas de los jinetes que venían de vuelta; de ida pasaron sin duda más cerca del río.
Pero el rastro que va hacia el este es reciente y claro. No hay huellas de pies en la otra
dirección, hacia el Anduin. Cabalgaremos ahora más lentamente asegurándonos de que no
haya rastros de otras huellas a los lados. Los oreos tienen que haberse dado cuenta aquí de
que los seguían; quizás intentaron llevarse lejos a los cautivos antes que les diéramos
alcance.
Mientras se adelantaban cabalgando, el día se nubló. Unas nubes grises y bajas
vinieron de la Meseta. Una niebla amortajó el sol. Las laderas arboladas de Fangorn se
elevaron, oscureciéndose a medida que el sol descendía. No vieron signos de ninguna
huella a la derecha O a la izquierda, pero de vez en cuando encontraban el cadáver de un
orco, que había caído en plena carrera y que ahora yacía con unas flechas de penacho gris
clavadas en la espalda o la garganta.
Al fin, cuando el sol declinaba, llegaron a los lindes del bosque y en un claro que se
abría entre los primeros árboles encontraron los restos de una gran hoguera: las cenizas
estaban todavía calientes y humeaban. Al lado había una gran pila de cascos y cotas de
malla, escudos hendidos y espadas rotas, arcos y dardos y otro s instrumentos de guerra y
sobre la pila una gran cabeza empalada: la insignia blanca podía verse aún en el casco
destrozado. Más allá, no lejos del río, que fluía saliendo del bosque, había un montículo.
Lo habían levantado recientemente: la tierra desnuda estaba recubierto de terrones con
hierba y alrededor habían clavado quince lanzas.
Aragorn y sus compañeros inspeccionaron todos los rincones del campo de batalla, pero
la luz disminuía y pronto cayó la noche, oscura y neblinoso. No habían encontrado aún
ningún rastro de Merry y Pippin.
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