los hombres. Sombragris volvió hace siete noches, pero la cólera del rey no se ha
apaciguado, pues el caballo es ahora salvaje y no permite que nadie lo monte.
-Entonces Sombragris ha encontrado solo su camino desde el lejano Norte -dijo
Aragorn-, pues fue allí donde él y Gandalf se separaron. Pero, ay, Gandalf no volverá a
cabalgar. Cayó en las tinieblas de las Minas de Moria y nadie lo vio otra vez.
-Malas nuevas son éstas -dijo Eomer-. Al menos para mí y para muchos; aunque no
para todos corno descubrirás si ves al rey.
-Nadie podría entender ahora en estos territorios hasta qué extremo son malas nuevas,
aunque quizá lo comprueben amargamente antes que el año avance mucho más -dijo
Aragorn-. Pero cuando los grandes caen, los pequeños ocupan sus puestos. Mi parte ha
sido guiar a la Compañía por el largo camino que viene de Moría. Viajamos cruzando
Lórien (y a este respecto sería bueno que te enteraras de la verdad antes de hablar otra vez),
y luego bajarnos por el Río Grande hasta los saltos de Rauros. Allí los orcos que tú
destruiste mataron a Boromir.
-¡Tus noticias son todas de desgracias! exclamó Eomer, consternado-. Esta muerte es
una gran pérdida para Minas Tirith y para todos nosotros. Boromir era un hombre digno,
todos lo alababan. Pocas veces venía a la Marca, pues estaba siempre en las guerras de las
fronteras del Este, pero yo lo conocí. Me recordaba más a los rápidos hijos de Eorl que a
los graves Hombres de Gondor, y hubiera sido un gran capitán. Pero nada sabíamos de esta
desgracia en Gondor. ¿Cuándo murió?
-Han pasado ya cuatro días -dijo Aragorn- y aquella misma tarde dejamos la sombra del
Tol Brandir y hemos venido viajando hasta ahora.
-¿A pie? -exclamó Eomer.
-Sí, así como nos ves.
Eomer parecía estupefacto.
-Trancos es un nombre que no te hace justicia, hijo de Arathorn -dijo-. Yo te llamaría
Pies Alados. Esta hazaña de los tres amigos tendría que ser cantada en muchos castillos.
¡No ha concluido el cuarto día y ya habéis recorrido cuarenta y cinco leguas! ¡Fuerte es la
raza de Elendil!
»Pero ahora, señor, ¿cómo podría ayudarte? Tendría que volver en seguida a avisar a
Théoden. He hablado con cierta prudencia ante mis hombres. Es cierto que aún no
estamos en guerra declarada con el País Negro y algunos, próximos a la oreja del rey, dan
consejos cobardes, pero la guerra se acerca. No olvidamos nuestra vieja alianza con
Gondor y cuando ellos luchen los ayudaremos: así pienso yo y todos aquellos que me
acompañan. La Marca del Este está a mi cuidado, el distrito del Tercer Mariscal, y he
sacado de aquí todas las manadas y las gentes que las cuidan, dejando sólo unos pocos
guardias y centinelas.
-¿Entonces no pagáis tributo a Sauron? -preguntó Gimli.
-Ni ahora ni nunca -dijo Eomer y un relámpago le pasó por los ojos-, aunque he oído
hablar de esa mentira. Hace algunos años el Señor del País Negro deseó comprarnos
algunos caballos a buen precio, pero nos rehusamos, pues emplean las bestias para malos
propósitos. Entonces mandó una tropa de orcos, que saquearon nuestras tierras y se
llevaron lo que pudieron, eligiendo siempre los caballos negros: de éstos pocos quedan
ahora. Por esa razón nuestra enemistad con los orcos tiene un sabor amargo.
»Pero en este momento nuestra mayor preocupación es Saruman. Se ha declarado señor
de todos estos territorios y desde hace varios meses estamos en guerra. Ha reclutado orcos
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