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EL ESTANQUE VEDADO

Al despertar, Frodo vio a Faramir inclinado sobre él. Por un segundo le volvieron
los viejos temores y se sentó y retrocedió.
-No hay nada que temer -le dijo Faramir.
-¿Ya es la mañana? -preguntó Frodo, bostezando.
-Aún no, pero la noche ya toca a su fin y la luna llena se está ocultando. ¿Quieres venir
a verla? Hay también una cuestión acerca de la cual quisiera que me dieras tu parecer.
Lamento haberte despertado, pero ¿quieres venir?
-Sí -dijo Frodo levantándose, y tembló ligeram ente al abandonar el calor de las mantas
y las pieles. Hacía frío en la caverna sin fuego. El rumor del agua se oía claramente en la
quietud de la noche. Se envolvió en la capa y siguió a Faramir.
Sam, despertando bruscamente por una especie de instinto de vigilancia, vio primero el
lecho vacío de su amo y se levantó de un salto. En seguida vio dos siluetas oscuras, la de
Frodo y un hombre, recortadas en la arcada, nimbada ahora por un resplandor blanquecino.
Se encaminó de prisa a reunirse con ellos, más allá de las hileras de hombres que dormían
sobre jergones a lo largo de la pared. Al pasar cerca de la entrada vio que la cortina se
había transformado en un velo deslumbrante de seda y perlas e hilos de plata: carámbanos
de luna en lenta fusión. Pero no se detuvo a admirarla y dando la vuelta siguió a su amo a
través de la puerta angosta tallada en la pared de la caverna.
Tomaron primero por un pasadizo negro, luego subieron varios escalones mojados, y
llegaron así a un pequeño rellano tallado en la roca, iluminado por un cielo pálido que
resplandecía muy arriba, distante, como la cúpula de un alto campanario. De allí partían
dos escaleras: una conducía a la orilla elevada del río; la otra se doblaba en un recodo hacia
la izquierda. Siguieron por esta última, que subía en espiral, como la escalera de una torre.


Salieron por fin de las tinieblas de piedra y miraron alrededor. Se encontraban en
una ancha plataforma de roca lisa sin antepecho ni pretil. A la derecha, en el este, el
torrente caía en cascadas sobre numerosas terrazas, y descendiendo en brusca y vertiginosa
carrera, con la oscura fuerza del agua, y cuajado de espuma, iba a verterse en un lecho; por
fin, rizándose y arremolinándose casi sobre la plataforma, se precipitaba por encima de la
arista que se abría a la derecha. Un hombre estaba allí de pie, cerca de la orilla, en silencio,
mirando hacia abajo.
Frodo se volvió a contemplar las cintas de agua aterciopelado, que se curvaban y
desaparecían. Luego alzó los ojos y miró en lontananza. El mundo estaba silencioso y frío,
como si el alba se acercase. A lo lejos, en el poniente, la luna llena se hundía redonda y
blanca. Unas brumas pálidas relucían en el valle ancho de allá abajo: un vasto abismo de
vapores de plata, bajo los que fluían las aguas nocturnas y frescas del Anduin. Y más allá
una tiniebla negra y amenazante, en la que rutilaban de tanto en tanto, fríos, afilados,
remotos y blancos como colmillos fantasmales, los picos de Ered Nimrais, las Montañas
Blancas de Gondor, coronadas de nieves eternas.
Frodo permaneció un momento sobre la alta piedra, preguntándose con un
estremecimiento si en algún lugar de esas vastas tierras nocturnas caminarían aún sus

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