-Eso es raro en verdad -dijo Aragorn-. ¿Buscaste entre los muertos? ¿No había otros
cadáveres aparte de los orcos? Eran gente pequeña, quizá sólo unos niños a tus ojos,
descalzos, pero vestidos de gris.
-No había enanos ni niños -dijo Eomer-. Contamos todas las víctimas y las despojamos
de armas y suministros. Luego las apilamos y las quemamos en una hoguera, como es
nuestra costumbre. Las cenizas humean aún.
-No hablamos de enanos o de niños -dijo Gimli-. Nuestros amigos eran hobbits.
-¿Hobbits? -dijo Eomer-. ¿Qué es eso? Un nombre extraño.
-Un nombre extraño para una gente extraña -dijo Gimli-, pero éstos nos eran muy
queridos. Ya habéis oído en Rohan, parece, las palabras que perturbaron a Minas Tirith.
Hablaban de un mediano. Estos hobbits son medianos.
-¡Medianos! - rió el jinete que estaba junto a Eomer-. ¡Medianos! Pero son sólo una
gentecita que aparece en las viejas canciones y los cuentos infantiles del Norte. ¿Dónde
estamos, en el país de las leyendas o en una tierra verde a la luz del sol?
-Un hombre puede estar en ambos sitios -dijo Aragorn-. Pues no nosotros sino otras
gentes que vendrán más tarde contarán las leyendas de este tiempo. ¿La tierra verde, dices?
¡Buen asunto para una leyenda aunque te pasees por ella a la luz del día!
-El tiempo apura -dijo el jinete sin prestar oídos a Aragorn-. Tenemos que darnos prisa
hacia el sur, señor. Dejemos que estas gentes se ocupen de sus propias fantasías. O
atémoslos para llevarlos al rey.
-¡Paz, Eothain! -dijo Eomer en su propia lengua-. Déjame un rato. Dile a los éoreds
que se junten en el camino y se preparen para cabalgar hasta el Entaguas.
Eothain se retiró murmurando entre dientes y les habló a los otros. La tropa se alejó y
dejó solo a Eomer con los tres compañeros.
-Todo lo que cuentas es extraño, Aragorn -dijo-. Sin embargo, dices la verdad, es
evidente; los Hombres de la Marca no mienten nunca y por eso mismo no se los engaña con
facilidad. Pero no has dicho todo. ¿No hablarás ahora más a fondo de tus propósitos, para
que yo pueda decidir?
-Salí de Imladris, como se la llama en los cantos, hace ya muchas semanas -respondió
Aragorn-. Conmigo venía Boromir de Minas Tirith. Mi propósito era llegar a esa ciudad
con el hijo de De nethor, para ayudar a su gente en la guerra contra Sauron. Pero la
Compañía con quien he viajado perseguía otros asuntos. De esto no puedo hablar ahora.
Gandalf el Gris era nuestro guía.
-¡Gandalf! -exclamó Eomer-. ¡Gandalf Capagris, como se lo conoce en la Marca! Pero
te advierto que el nombre de Gandalf ya no es una contraseña para llegar al rey. Ha sido
huésped del reino muchas veces en la memoria de los hombres, yendo y viniendo a su
antojo, luego de unos meses, o luego de muchos años. Es siempre el heraldo de
acontecimientos extraños; un portador del mal, dicen ahora algunos.
»En verdad desde la última venida de Gandalf todo ha ido para peor. En ese tiempo
comenzaron nuestras dificultades con Saruman el Blanco. Hasta entonces contábamos a
Saruman entre nuestros amigos, pero Gandalf vino y nos anunció que una guerra súbita
estaba preparándose en Isengard. Dijo que él mismo había estado prisionero en Orthanc y
que había escapado a duras penas y pedía ayuda. Pero Théoden no quiso escuc harlo y
Gandalf se fue. ¡No pronuncies el nombre de Gandalf en voz alta si te encuentras con
Théoden! Está furioso, pues Gandalf se llevó el caballo que llaman Sombragris, el más
precioso de los corceles del rey, jefe de los Mearas que sólo el Señor de la Marca puede
montar. Pues el padre de esta raza era el gran caballo de Eorl que conocía el lenguaje de

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