Sin una palabra o un grito, de súbito, los jinetes se detuvieron. Un muro de lanzas
apuntaba hacia los extraños, y algunos de los hombres esgrimían arcos tendidos, con las
flechas en las cuerdas. Luego uno de ellos se adelantó, un hombre alto, más alto que el
resto; sobre el yelmo le flotaba como una cresta una cola de caballo blanca. El hombre
avanzó hasta que la punta de la lanza tocó casi el pecho de Aragorn. Aragorn no se movió.
-¿Quién eres y qué haces en esta tierra? -dijo el jinete hablando en la Lengua Común
del Oeste y con una entonación y de una manera que recordaba a Boromir, Hombre de
Gondor.
-Me llaman Trancos -dijo Aragorn-. Vengo del Norte. Estoy cazando orcos.
El jinete se apeó. Le dio la lanza a otro que se acercó a caballo y desmontó junto a él,
sacó la espada y se quedó mirando de frente a Aragorn, atentamente y no sin asombro. Al
fin habló de nuevo.
-En un principio pensé que vosotros mismos erais orcos -dijo-, pero veo ahora que no es
así. En verdad conocéis poco de orcos si esperáis cazarlos de esta manera. Eran rápidos y
muy numerosos, e iban bien armados. Si los hubieseis alcanzado, los cazadores se habrían
convertido pronto en presas. Pero hay algo raro en ti, Trancos. -Dos ojos claros y brillantes
se clavaron de nuevo en el Montaraz. - No es nombre de hombres el que tú me dices. Y
esas ropas vuestras también son raras. ¿Salisteis de la hierba? ¿Cómo escapasteis a nuestra
vista? ¿Sois elfos?
-No -dijo Aragorn-. Sólo uno de nosotros es un elfo, Legolas del Reino de los Bosques
en el distante Bosque Negro. Pero pasamos por Lothlórien y nos acompañan los dones y
favores de la Dama.
El jinete los miró con renovado asombro, pero los ojos se le endurecieron.
-¡Entonces hay una Dama en el Bosque Dorado como dicen las viejas historias! -
exclamó-. Pocos escapan a las redes de esa mujer, dicen. ¡Extraños días! Pero si ella os
protege, entonces quizá seáis también echadores de redes y hechiceros . -Miró de pronto
fríamente a Legolas y a Gimli.- ¿Por qué estáis tan callados? -preguntó.
Gimli se incorporó y se plantó firmemente en el suelo, con los pies separados y una
mano en el mango del hacha. Le brillaban los ojos oscuros, coléricos.
-Dame tu nombre, señor de caballos, y te daré el mío y también algo más -dijo.
-En cuanto a eso -dijo el jinete observando desde arriba al enano el extraño tiene que
darse a conocer primero. No obstante te diré que me llamo Eomer hijo de Eomund y soy
Tercer Mariscal de la Marca de los jinetes.
-Entonces Eomer hijo de Eomund, Tercer Mariscal de la Marca de los Jinetes, permite
que Gimli el Enano hijo de Glóin te advierta que no digas necedades. Habla mal de lo que
es hermoso más allá de tus posibilidades de comprensión y sólo el poco entendimiento
podría excusarte.
Los ojos de Eomer relampaguearon y los Hombres de Rohan murmuraron airadamente
y cerraron el círculo, adelantando las lanzas.
-Te rebanaría la cabeza. Señor enano, si se alzara un poco más del suelo -dijo Eomer.
-El enano no está solo -dijo Legolas poniendo una flecha y tendiendo el arco con unas
manos tan rápidas que la vista no podía seguirlas-. Morirías antes que alcanzaras a golpear.
Eomer levantó la espada y las cosas pudieron haber ido mal, pero Aragorn saltó entre
ellos alzando la mano.
-¡Perdón, Eomer! - gritó -. Cuando sepas más, entenderás por qué has molestado a mis
compañeros. No queremos ningún mal para Rohan, ni para ninguno de los que ahí habitan,
sean hombres o caballos. ¿No oirás nuestra historia antes de atacarnos?
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