Gente Grande de allá lejos, de las Tierras del Sur. Endrinos los llamamos en nuestras
historias; y montan olifantes cuando luchan, según dicen. Ponen casas y torres sobre las
grupas de los olifantes y se arrojan rocas y árboles unos a otros. Por esto cuando tú dijiste
«Hombres que vienen del Sur, todos de rojo y oro», yo te pregunté «¿Había algún
olifante?», porque si los hay, peligro o no peligro, iré a echar una ojeada. Pero ahora
supongo que nunca en mi vida veré un olifante. Tal vez ese animal no exista. -Sam suspiró.
-No, ningún olifante -repitió Gollum-. Sméagol no ha oído hablar de ellos. No quiere
verlos. No quiere que existan. Sméagol quiere irse de aquí y esconderse en un lugar
seguro. Sméagol quiere que el amo se vaya. Buen amo, ¿no te irás con Sméagol?
Frodo se levantó. Aunque estaba muy preocupado, se había reído de buena gana
cuando Sam sacó a relucir el viejo poema del Olifante, y esa risa había puesto fin a sus
titubeos.
-Ojalá tuviéramos un millar de olifantes, y a Gandalf a la cabeza montado en uno de
blanco -dijo-. Entonces podríamos tal vez abrirnos paso en esa tierra maldita. Pero no los
tenemos; sólo contamos con nuestras pobres piernas fatigadas y nada más. Y bien,
Sméagol, esta alternativa puede ser la mejor. Iré contigo.
-¡Amo bueno, amo sabio, querido amo! -exclamó Gollum radiante de alegría,
palmoteando las rodillas de Frodo -. ¡Buen amo! Entonces, ahora descansad, queridos
hobbits, a la sombra de las piedras, ¡muy cerca de las piedras! Descansad y quedaos
tranquilos, hasta que la Cara Amarilla se haya marchado. Partiremos entonces. ¡Tenemos
que ser sigilosos y rápidos como sombras!
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