De nada sirvieron ya los ruegos y las palabras amables. Y sólo cuando Frodo se lo
ordenó, furioso, y echó mano a la empuñadura de la espada, Gollum se movió, otra vez. Se
levantó al fin con/un gruñido, y marchó delante de ellos como un perro apaleado.
Y así, tropezando y trastabillando, prosiguieron la marcha hasta el fatigoso término de
la noche, hacia el amanecer de un nuevo día de terror, caminando en silencio con las
cabezas gachas, sin ver nada, sin oír nada más que el silbido del viento.
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