-En esta cacería ya hemos visto subir tres soles y no nos trajeron ninguna solución -dijo
Gimli.


La noche era más y más fría. Aragorn y Gimli dormían a l s saltos y cada vez que
o
despertaban veían a Legolas de pie junto a ellos, o caminando de aquí para allá,
canturreando en su propia lengua; y mientras cantaba, las estrellas blancas se abrieron en la
dura bóveda negra de allá arriba. Así pasó la noche. Juntos observaron el alba que crecía
lentamente en el cielo, ahora desnudo y sin nubes, hasta que al fin asomó el sol, pálido y
claro. El viento soplaba del este y había arrastrado todas las nieblas; unos campos vastos y
desiertos se extendían alrededor de la luz huraña.
Adelante y al este vieron las tierras altas y ventosas de las Mesetas de Rohan, que
habían vislumbrado días antes desde el Río Grande. Al noroeste se adelantaba el bosque
oscuro de Fangorn; los lindes sombríos estaban aún a diez leguas de distancia y más allá
unas pendientes montañosas se perdían en el azul de la lejanía. En el horizonte, como
flotando sobre una nube gris, brillaba la cabeza blanca del majestuoso Methedras, el último
pico de las Montañas Nubladas. El Entaguas salía del bosque e iba al encuentro de las
montañas, corriendo ahora por un cauce estrecho, entre barrancas profundas. Las huellas
de los orcos dejaron las lomas y se encaminaron al río.
Siguiendo con ojos penetrantes el rastro que llevaba al río y luego el curso del río hasta
el bosque, Aragorn vio una sombra en el verde distante, una mancha oscura que se movía
rápidamente. Se arrojó al suelo y escuchó otra vez con atención. Pero Legolas, de pie
junto a él, protegiéndose los brillantes ojos élficos con u mano larga y delgada, no vio
na
una sombra, ni una mancha, sino las figuras pequeñas de unos jinetes, muchos jinetes, y en
las puntas de las lanzas el reflejo matinal, como el centelleo de unas estrellas diminutas que
los ojos no alcanzaban a ver. Lejos detrás de ellos un humo oscuro se elevaba en delgadas
volutas.
El silencio reinaba en los campos desiertos de alrededor y Gimli podía oír el aire que se
movía en las hierbas.
-¡Jinetes! -exclamó Aragorn incorporándose bruscamente ¡Muchos jinetes montados en
corceles rápidos vienen hacia aquí!
-Sí -dijo Legolas-, son ciento cinco. Los cabellos son rubios y las espadas brillantes. El
jefe es muy alto.
Aragorn sonrió.
-Penetrantes son los ojos de los elfos -dijo.
-No. Los jinetes están a poco más de cinco leguas -dijo Legolas. -Cinco leguas o una -
dijo Gimli-, no podemos escapar en esta tierra desnuda. ¿Los esperaremos aquí o
seguiremos adelante?
-Esperaremos -dijo Aragorn-. Estoy cansado y la cacería ya no tiene sentido. Al menos
otros se nos adelantaron, pues esos jinetes vienen cabalgando por la pista de los orcos.
Quizá nos den alguna noticia.
-O lanzas -dijo Gimli.
-Hay tres monturas vacías, pero no veo ningún hobbit -dijo Legolas.
-No hablé de buenas noticias -dijo Aragorn-, pero buenas o malas las esperaremos aquí.
Los tres compañeros dejaron la cima de la loma, donde podían ser un fácil blanco
contra el cielo claro y bajaron lentamente por la ladera norte. Un poco antes de llegar a los
pies de la loma y envolviéndose en las capas, se sentaron juntos en las hierbas marchitas.

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