dormía profundamente. A Gollum no se lo veía por ninguna parte. Varios epítetos poco
halagadores para sí mismo acudieron a la mente de Sam, tomados del vasto repertorio
paternal del Tío; luego se le ocurrió pensar que su amo no se había equivocado: por el
momento no tenían nada que temer. En todo caso, allí seguían los dos todavía vivos; nadie
los había estrangulado.
-¡Pobre miserable! -dijo no sin remordimiento-. Me pregunto a dónde habrá ido.
-¡No muy lejos, no muy lejos! - dijo una voz por encima de él. Sam levantó la mirada y
vio la gran cabeza y las enormes orejas de Gollum contra el cielo nocturno.
-Eh, ¿qué estás haciendo? - gritó Sam, inquieto una vez más como antes, no bien vio
aquella cabeza .
-Sméagol tiene mucha hambre -dijo Gollum-. Volverá pronto. -¡Vuelve ahora mismo! -
gritó Sam-. ¡Eh! ¡Vuelve! -Pero Gollum había desaparecido.
Frodo despertó con el grito de Sam y se sentó y se frotó los ojos. -¡Hola! -dijo-. ¿Algo
anda mal? ¿Qué hora es?
-No sé -dijo Sam-. Ya ha caído el sol, me parece. Y el otro se ha marchado. Decía que
tenía mucha hambre.
-No te preocupes -dijo Frodo-. No podemos impedirlo. Pero volverá, ya verás.
Todavía cumplirá la promesa por algún tiempo. Y de todos modos, no abandonará su
Tesoro.
Frodo tomó con calma la noticia de que ambos habían dormido profundamente durante
horas con Gollum, y con un Gollum muy hambriento por añadidura, suelto en las cercanías.
-No busques ninguno de esos epítetos de tu Tío -le dijo a Sam-. Estabas extenuado y
todo ha salido bien: ahora los dos estamos descansados. Y tenemos por delante un camino
difícil, el tramo más arduo.
-A propósito de comida -comentó Sam-, ¿cuánto tiempo cree que nos llevará este
trabajo? Y cuando hayamos concluido, ¿qué haremos entonces? Este pan del camino
mantiene en pie maravillosamente bien, pero no satisface para nada el hambre de adentro,
por así decir: no a mí al menos, sin faltar el respeto a quienes lo prepararon. Pero uno tiene
que comer un poco cada día, y no se multiplica. Creo que nos alcanzará para unas tres
semanas, digamos, y eso con el cinturón apretado y poco diente. Hemos estado
derrochándolo.
-No sé cuánto tardaremos aún... hasta el final -dijo Frodo-. Nos retrasamos demasiado
en las montañas. Pero Samsagaz Gamyi, mi querido hobbit... en verdad Sam, mi hobbit
más querido, el amigo por excelencia, no nos preocupemos por lo que vendrá después.
Terminar con este trabajo, como tú dices... ¿qué esperanzas tenemos de terminarlo alguna
vez? Y si lo hacemos ¿sabemos acaso qué habremos conseguido? Si el Unico cae en el
Fuego, y nosotros nos encontramos en las cercanías, yo te pregunto a ti, Sam, ¿crees que en
ese caso necesitaremos pan alguna vez? Yo diría que no. Cuidar nuestras piernas hasta que
nos lleven al Monte del Destino, más no podemos hacer. Y empiezo a temer que sea más
de lo que está a mi alcance.
Sam asintió en silencio. Tomando la mano de Frodo, se inclinó. No se la besó, pero
unas lágrimas cayeron sobre ella. Luego se volvió, se enjugó la nariz con la manga, se
levantó y se puso a dar puntapiés en el suelo, mientras trataba de silbar y decía con voz
forzada:
-¿Por dónde andará esa condenada criatura?
En realidad, Gollum no tardó en regresar; pero con tanto sigilo que los hobbits no lo
oyeron hasta que lo tuvieron delante. Tenía los dedos y la cara sucios de barro negro.
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