-¡Despertad! ¡Despertad! - gritó-. Es un amanecer rojo. Cosas extrañas nos esperan en
los lindes del bosque. Buenas o malas, no lo sé, pero nos llaman. ¡Despertad!
Los otros se incorporaron de un salto y casi en seguida se pusieron de nuevo en marcha.
Poco a poco las lomas fueron acercándose. Faltaba aún una hora para el mediodía cuando
las alcanzaron: unas elevaciones verdes de cimas desnudas que corrían en línea recta hacia
el norte. Al pie de estos cerros el suelo era duro y la hierba corta; pero una larga franja de
tierra inundada, de unas diez millas de ancho, los separaba del río que se paseaba entre
macizos indistintos de cañas y juncos. Justo al oeste de la pendiente más meridional había
un anillo amplio donde la hierba había sido arrancada y pisoteada por muchos pies. Desde
allí la pista de los orcos iba otra vez hacia el norte a lo largo de las faldas resecas de las
lomas. Aragorn se detuvo y examinó las huellas de cerca.
-Descansaron aquí un rato -dijo-, pero aun las huellas que van al norte son viejas. Temo
que el corazón te haya dicho la verdad, Legolas: han pasado tres veces doce horas, creo,
desde que los orcos estuvieron aquí. Si siguen a e paso, mañana a la caída del sol
se
llegarán a los lindes de Fangorn.
-No veo nada al norte y al oeste; sólo unos pastos entre la niebla -dijo Gimli-.
¿Podríamos ver el bosque, si subimos a las colinas?
-Está lejos aún -dijo Aragorn-. Si recuerdo bien, estas lomas corren ocho leguas o más
hacia el norte, y luego al noroeste se extienden otras tierras hasta la desembocadura del
Entaguas; otras quince leguas quizá.
-Pues bien, partamos -dijo Gimli -. Mis piernas tienen que ignorar las millas. Así
estarán más dispuestas, si el corazón me pesa menos.


El sol se ponía cuando empezaron a acercarse al extremo norte de las lomas. Habían
marchado muchas horas sin tomarse descanso. Iban lentamente ahora y Gimli se inclinaba
hacia adelante. Los enanos son duros como piedras para el trabajo o los viajes, pero esta
cacería interminable comenzaba a abrumarlo, más aún porque ya no alimentaba ninguna
esperanza. Aragorn abría la marcha, ceñudo y silencioso, agachándose de cuando en
cuando a observar una marca o señal en el suelo. Sólo Legolas caminaba con la ligereza de
siempre apoyándose apenas en la hierba, no dejando ninguna huella detrás; pero en el pan
del camino de los elfos, encontraba toda la sustancia que podía necesitar, y era capaz de
dormir, si eso podía llamarse dormir, descansando la mente en los extraños senderos de los
sueños élficos, aun caminando con los ojos abiertos a la luz del mundo.
-¡Subamos por esta colina verde! -dijo.
Lo siguieron trabajosamente, trepando por una pendiente larga, hasta que llegaron a la
cima. Era una colina redonda, lisa y desnuda, que se alzaba separada de las otras en el
extremo septentrional de la cadena. El sol se puso y las sombras de la noche cayeron como
una cortina. Estaban solos en un mundo gris e informe sin medidas ni marcas. Sólo muy
lejos al noroeste la oscuridad era más densa, sobre un fondo de luz moribunda: las
Montañas Nubladas y los bosques próximos.
-Nada se ve que pueda guiarnos - dijo Gimli-. Bueno, tenemos que d etenernos otra vez
y pasar la noche. ¡Está haciendo frío!
-El viento viene de las nieves del norte -dijo Aragorn.
-Y antes que amanezca cambiará al este -dijo Legolas-. Pero descansad, si tenéis que
hacerlo. Mas no abandonéis toda esperanza. Del día de mañana nada sabemos aún. La
solución se encuentra a menudo a la salida del sol.

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