fatiga pudiera consumir el fuego que los animaba. Hablaban poco. Cruzaron aquellas
amplias soledades y las capas élficas se confundieron con el gris verdoso de los campos;
aun al sol frío del mediodía pocos ojos que no fuesen ojos élficos hubiesen podido verlos.
A menudo agradecían de corazón a la Dama de Lórien por las lembas que les había
regalado, pues comían un poco y recobraban en seguida las fuerzas sin necesidad de dejar
de correr.
Durante todo el día la huella de los enemigos se alejó en línea recta hacia el noreste, sin
interrumpirse ni desviarse una sola vez. Cuando el día declinó una vez más, llegaron a unas
largas pendientes sin árboles donde el suelo se elevaba hacia una línea de lomas bajas. El
rastro de los orcos se hizo más borroso a medida que doblaba hacia el norte acercándose a
las lomas, pues el suelo era allí más duro y la hierba más escasa. Lejos a la izquierda, el río
Entaguas serpeaba como un hilo de plata en un suelo verde. Nada más se movía. Aragorn
se asombraba a menudo de que no vieran ninguna señal de bestias o de hombres. Las
moradas de los Rohirrim se alzaban casi todas en el Sur, a muchas leguas de allí, en las
estribaciones boscosas de las Montañas Blancas, ahora ocultas entre nieblas y nubes; sin
embargo, los Señores de los Cabellos habían tenido en otro tiempo muchas tropillas y
establos en Estemnet, esta región oriental del reino, y los jinetes la habían recorrido
entonces a menudo, de un extremo a otro, viviendo en campamentos y tiendas, aun en los
meses invernales. Pero ahora toda la tierra estaba desierta y había un silencio que no
parecía ser la quietud de la paz.
Al crepúsculo se detuvieron de nuevo. Ahora ya habían recorrido dos veces doce
leguas por las llanuras de Rohan y los muros de Emyn Muil se perdían en las sombras del
este. La luna brillaba confusamente en un cielo nublado, aunque daba un poco de luz y las
estrellas estaban veladas.
-Ahora me permitiría menos que nunca un tiempo de descanso o una pausa en la caza -
dijo Legolas-. Los orcos han corrido ante nosotros como perseguidos por los látigos del
mismísimo Sauron. Temo que hayan llegado al bosque y las colinas oscuras y que ya estén
a la sombra de los árboles.
Los dientes de Gimli rechinaron.
-¡Amargo fin de nuestras esperanzas y todos nuestros afanes! -dijo.
-De las esperanzas quizá, pero no de los afanes -dijo Aragorn-. No volveremos atrás.
Sin embargo me siento cansado. -Se volvió a mirar el camino por donde habían venido
hacia la noche, que ahora se apretaba en el este. - Hay algo extraño en esta región. No me
fío del silencio. No me fío ni siquiera de la luna pálida. Las estrellas son débiles; y me
siento cansado como pocas veces antes. Cansado como nunca lo está ningún Montaraz, si
tiene una pista clara que seguir. Hay alguna voluntad que da rapidez a nuestros enemigos y
levanta ante nosotros una barrera invisible: un cansancio del corazón más que de los
miembros.
-¡Cierto! -dijo Legolas-. Lo he sabido desde que bajamos de Emyn Muil. Pues esa
voluntad no está detrás de nosotros, sino delante.
Apuntó por encima de las tierras de Rohan hacia el Oeste oscuro bajo la luna creciente.
-¡Saruman! - murmuró Aragorn -. ¡Pero no nos hará volver! Nos detendremos una vez
más, eso sí, pues mirad: la luna misma está hundiéndose en nubes. Hacia el norte, entre las
lomas y los pantanos, irá nuestra ruta, cuando vuelva el día.
Como otras veces Legolas fue el primero en despertar, si en verdad había dormido.
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