-Muchas cosas -dijo Legolas-. Es una gran compañía a pie, pero no puedo decir más ni
ver qué clase de gente es ésa. Están a muchas leguas, doce me parece, aunque es difícil
estimar la distancia en esa llanura uniforme.
-Pienso, sin embargo, que ya no necesitamos de ninguna huella que nos diga qué
camino hemos de tomar -dijo Gimli-. Encontremos una senda que nos lleve a los llanos tan
rápido como sea posible.
-No creo que encuentres un camino más rápido que el de los orcos -dijo Aragorn.
Continuaron la persecución, ahora a la clara luz del día. Parecía como si los orcos
hubiesen escapado a marcha forzada. De cuando en cuando los perseguidores encontraban
cosas abandonadas o tiradas en el suelo: sacos de comida, cortezas de un pan gris y duro,
una capa negra desgarrada, un pesado zapato claveteado roto por las piedras. El rastro
llevaba al norte a lo largo del declive escarpado y al fin llegaron a una hondonada profunda
cavada en la piedra por un arroyo que descendía ruidosamente. En la cañada estrecha un
sendero áspero bajaba a la llanura como una escalera empinada.
Abajo se encontraron de pronto pisando los pastos de Rohan. Llegaban ondeando como
un mar verde hasta los mismos pies de Emyn Muil. El arroyo que bajaba de la montaña se
perdía en un campo de berros y plantas acuáticas; los compañeros podían oír cómo se
alejaba murmurando por túneles verdes, descendiendo poco a poco h acia los pantanos del
Valle del Entaguas allá lejos. Parecía que hubieran dejado el invierno aferrado a las
montañas de detrás. Aquí el aire era más dulce y tibio y levemente perfumado, como si la
primavera ya se hubiera puesto en movimiento y la savia estuviese fluyendo de nuevo en
hierbas y hojas. Legolas respiró hondamente, como alguien que toma un largo trago luego
de haber tenido mucha sed en lugares estériles.
-¡Ah, el olor a verde! -dijo-. Es mejor que muchas horas de sueño. ¡Corramos!
-Los pies ligeros pueden correr rápidamente aquí -dijo Aragorn-. Más rápido quizá que
unos orcos calzados con zapatos de hierro. ¡Esta es nuestra oportunidad de recuperar la
ventaja que nos llevan!


Fueron en fila, corriendo como lebreles detrás de un rastro muy nítido, llevando una luz
encendida en los ojos. La franja de hierba que señalaba el paso de los orcos iba hacia el
oeste: los dulces pastos de Rohan habían sido aplastados y ennegrecidos. De pronto
Aragorn dio un grito y se volvió a un lado.
-¡Un momento! -exclamó-. ¡No me sigáis todavía!
Corrió rápidamente a la derecha, alejándose del rastro principal, pues había visto unas
huellas que iban en esa dirección, apartándose de las otras; las marcas de unos pies
pequeños y descalzos. Estas huellas sin embargo no se alejaban mucho antes de
confundirse otra vez con pisadas de orcos, que venían también desde el rastro principal, de
atrás y adelante y luego se volvían en una curva y se perdían de nuevo en las hierbas
pisoteadas. En el punto más alejado Aragorn se inclinó y recogió algo del suelo; luego
corrió de vuelta.
-Sí -dijo-, son muy claras: las huellas de un hobbit. Pippin, creo. Es más pequeño que
el otro. ¡Y mirad!
Aragorn alzó un objeto pequeño que brilló a la luz del sol. Parecía el brote nuevo de
una hoja de haya, hermoso y extraño en esa llanura sin árboles.
-¡El broche de una capa élfica! -gritaron juntos Legolas y Gimli.

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