-Pienso que el enemigo trajo consigo a su propio enemigo - respondió Aragorn -. Estos
son Oreos del Norte, venidos de muy lejos. Entre esos cadáveres no hay ningún orco
corpulento, con esas extraigas insignias. Hubo aquí una pelea, me parece. No es cosa rara
entre estas pérfidas criaturas. Quizá discutieron a propósito del camino.
-O a propósito de los cautivos -dijo Gimli-. Esperemos que tampoco los hayan matado
a ellos.
Aragorn examinó el terreno en un amplio círculo, pero no pudo encontrar otras huellas
de la lucha. Prosiguieron la marcha. El cielo del este ya palidecía; las estrellas se apagaban
y una luz gris crecía lentamente. Un poco más al norte llegaron a una cañada donde un
arroyuelo diminuto, descendiendo y serpeando, había abierto un sendero pedregoso. En
medio crecían algunos arbustos y había mat as de hierba a los costados.
-¡Al fin! -dijo Aragorn ¡Aquí están las huellas que buscamos! Arroyo arriba, este es el
-.
camino por el que fueron los orcos luego de la discusión.
Rápidamente, los perseguidores se volvieron y tomaron el nuevo sendero. Recuperados
luego de una noche de descanso, iban saltando de piedra en piedra. Al fin llegaron a la
cima del cerro gris y una brisa repentina les sopló en los cabellos y les agitó las capas: el
viento helado del alba.
Volviéndose, vieron por encima del río las colinas lejanas envueltas en luz. El día
irrumpió en el cielo. El limbo rojo del sol se asomó por encima de las estribaciones
oscuras. Ante ellos, hacia el oeste, se extendía el mundo: Silencioso, gris, informe; pero
aún mientras miraban, las sombras de la noche se fundieron, la tierra despertó y se coloreó
otra vez, el verde fluyó sobre las praderas de Rohan, las nieblas blancas fulguraron en el
agua de los valles, y muy lejos a la izquierda, a treinta leguas o más, azules y purpúreas se
alzaron las Montañas Blancas en picos de azabache, y la luz incierta de la mañana brilló en
las cumbres coronadas de nieve.
-¡Gondor! ¡Gondor! -gritó Aragorn-. ¡Ojalá pueda volver a contemplarte en horas más
felices! No es tiempo aún de que vaya hacia el sur en busca de tus claras corrientes.

¡Gondor, Gondor, entre las Montañas y el Mar!
El Viento del Oeste sopla aquí, la luz sobre el Arbol de Plata
cae como una lluvia centelleante en los jardines de los Reyes antiguos.
¡Oh muros orgullosos! ¡Torres blancas! ¡Oh alada corona y trono de oro!
¡Oh Gondor, Gondor! ¿Contemplarán los Hombres el Arbol de Plata,
o el Viento del Oeste soplará de nuevo entre las Montañas y el mar?

-¡Ahora, en marcha! -dijo apartando los ojos del sur y buscando en el oeste y el norte el
camino que habían de seguir.
El monte sobre el que estaban ahora descendía abruptamente ante ellos. Allá abajo, a
unas cuarenta yardas, corría una cornisa amplia y escabrosa que concluía bruscamente al
borde de un precipicio: el Muro Oriental de Rohan. Así terminaban los Emyn Muil y las
llanuras verdes de los Rohirrim se extendían ante ellos hasta perderse de vista.
-¡Mirad! -gritó Legolas, apuntando al cielo pálido -. ¡Ahí está de nuevo el águila! Vuela
muy alto. Parece que estuviera alejándose, de vuelta al norte y muy rápidamente. ¡Mirad!
-No, ni siquiera mis ojos pueden verla, mi buen Legolas -dijo Aragorn Tiene que estar
-.
en verdad muy lejos. Me pregunto en qué andará y si será la misma ave que vimos antes.
¡Pero mirad! Alcanzo a ver algo más cercano y más urgente. ¡Una cosa se mueve en la
llanura!

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