-Sin embargo, también tendría que entristecerme -dijo Théoden-, porque cualquiera que
sea la suerte que la guerra nos depare, ¿no es posible que al fin muchas bellezas y
maravillas de la Tierra Media desaparezcan para siempre?
-Es posible -dijo Gandalf -. El mal que ha causado Sauron jamas será reparado por
completo, ni borrado como si nunca hubiese existido. Pero el destino nos ha traído días
como éstos. ¡Continuemos nuestra marcha!
Alejándose del Valle, tomaron la ruta que conducía a los Vados. Legolas los siguió de
mala gana. Hundido ya detrás de las orillas del mundo, el sol se había puesto; pero cuando
salieron de entre las sombras de las colinas y volvieron la mirada el este, hacia la Quebrada
de Rohan, el cielo estaba todavía rojo y un resplandor incandescente iluminaba las nubes
que flotaban a la deriva. Oscuros contra el cielo, giraban y planeaban numerosos pájaros de
alas negras. Algunos pasaron lanzando gritos lúgubres por encima de los viajeros, de
regreso a los nidos entre las rocas.
-Las aves de rapiña han estado ocupadas en el campo de batalla -dijo Eomer.
Cabalgaban a un trote lento mientras la oscuridad envolvía las llanuras de alrededor. La
luna ascendía, ahora en creciente, y a la fría luz de plata las praderas se movían subiendo y
bajando como el oleaje de un mar inmenso y gris. Habían cabalgado unas cuatro horas
desde la encrucijada cuando vieron los Vados. Largas y rápidas pendientes descendían
hasta un bajío pedregoso del río, entre terrazas altas y herbosas. Transportado por el viento,
les llegó el aullido de los lobos y sintieron una congoja en el corazón recordando a los
hombres que habían muerto allí combatiendo.
El camino se hundía entre terrazas y barrancas verdes cada vez más altas, hasta la orilla
del río, para volver a subir en la otra margen. Tres hileras de piedras planas y escalonadas
atravesaban la corriente y entre ellas corrían los vados para los caballos, que desde ambas
riberas llegaban a un islote desnudo en el centro del río. Extraño les pareció el cruce
cuando lo vieron de cerca: en los Vados siempre había remolinos, el agua canturreaba entre
las piedras. Ahora estaba quieta y en silencio. En los lechos, casi secos, asomaban los
cantos rodados y la arena gris.
-Qué sitio tan desolado -dijo Eomer-. ¿Qué mal aqueja a este río? Muchas cosas
hermosas ha estropeado Saruman: ¿habrá destruido también los manantiales del Isen?
-Así parece -dijo Gandalf.
-¡Ay! - dijo Théoden -. ¿Es preciso que crucemos por aquí, donde las bestias de rapiña
han devorado a tantos jinetes de la Marca?
-Este es nuestro camino -dijo Gandalf-. Cruel es la pérdida de vuestros hombres, pero
veréis que al menos no los devorarán los lobos de las montarías. Es con sus amigos, los
orcos, con quienes se ceban en sus festines; así entienden la amistad los de su especie.
¡Seguidme!
Cuando comenzaron a vadear el río, los lobos dejaron de aullar y se alejaron
escurriéndose. Las figuras de Gandalf a la luz de la luna y de Sombragris, que centelleaba
como la plata, habían espantado a los lobos. Al llegar al islote vieron los ojos relucientes
de las bestias, que espiaban desde las orillas, entre las sombras.
-¡Mirad! -dijo Gandalf -. Gente amiga ha estado por aquí, trabajando.
Y vieron un túmulo en el centro del islote, rodeado de piedras y de lanzas enhiestas.
-Aquí yacen todos los Hombres de la Marca que cayeron en estos parajes -dijo Gandalf.
-¡Que descansen en paz! -dijo Eomer-. ¡Y que cuando estas lanzas se pudran y se
cubran de herrumbre, sobreviva largo tiempo este túmulo custodiando los Vados del Isen!
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